‘Kokuho’: Lee Sang-il firma un drama épico sobre kabuki que hipnotiza durante 50 años

Lee Sang-il ha construido con ‘Kokuho. El maestro del kabuki’ algo que rara vez consigue el cine contemporáneo: una película que funciona como puerta de entrada a un arte milenario sin renunciar ni un segundo a ser gran cine.

La historia arranca en 1964, en Nagasaki. Kikuo Tachibana, interpretado por Ryō Yoshizawa, es un crío que lleva la violencia grabada en el apellido. Su padre, miembro de la yakuza, muere asesinado por una banda rival durante una función de teatro aficionado. El hijo lo ve todo. Esa noche se planta la semilla de una contradicción que vertebra toda la película: el arte como redención frente a un origen manchado de sangre.

Tras la tragedia, Kikuo es acogido por Hanjiro Hanai, un prestigioso actor de kabuki al que da vida Ken Watanabe. El maestro detecta el talento del huérfano y decide formarlo para que siga sus pasos como onnogata, los intérpretes masculinos que encarnan roles femeninos en escena. A partir de ahí, el relato se extiende durante cincuenta años de historia del Japón contemporáneo. Medio siglo de disciplina feroz, rivalidad con Shunsuke —el hijo biológico de Hanai— y una amistad forjada a base de admiración mutua y competencia sin cuartel.

El guion de Satoko Okudera, que adapta la novela homónima de Shūichi Yoshida, tiene la inteligencia de no separar nunca lo que ocurre sobre las tablas de lo que sucede entre bambalinas. Las representaciones de obras clásicas del kabuki —La doncella garza, La doncella de la Glicinia, Los amantes suicidas de Sonezaki, Dos leones— no son interludios decorativos. Son espejos. Cada función refleja y amplifica el conflicto emocional de los protagonistas en ese punto de sus vidas. El paralelismo está tan bien ensamblado que las secuencias teatrales se sienten como parte orgánica del drama, no como paréntesis culturales.

Y aquí es donde Lee Sang-il se luce de verdad. La cámara no observa el kabuki desde fuera. Se mete dentro. Hay un plano al inicio de la película —el cuello del actor visto desde atrás mientras el maquillaje blanco lo va transformando— que define la intención visual de todo lo que viene después. Cada ropaje, cada peinado, cada gesto está filmado con un preciosismo que no cae en lo ornamental porque siempre está al servicio del relato. La dirección de arte, la fotografía, el vestuario y la música trabajan al unísono con una densidad expresiva que roza lo hipnótico. No es casual que la película recibiera una nominación al Oscar al mejor maquillaje ni que arrasara en los Premios de la Academia de Cine de Japón con diez estatuillas.

Para el espectador occidental, el kabuki puede resultar un territorio ajeno. Lee Sang-il lo sabe y no intenta domesticarlo. No simplifica ni traduce. Lo que hace es confiar en que la emoción del relato humano —la rivalidad, el sacrificio, la renuncia, la búsqueda de perfección— sea el puente. Funciona. No necesitas saber qué es un onnogata antes de entrar en la sala. Lo entiendes viéndolo.

El cierre de la película lo dice todo. Kikuo, convertido ya en el legendario Kokuho, ejecuta una última representación de La chica garza envuelto en tonos azulados. Es un momento de belleza contenida que resume medio siglo de renuncias. Lo que queda en pantalla no es el triunfo del artista. Es el precio que pagó por serlo. Los copos de nieve cubren a la joven mujer perdida y el telón baja. Lo que Lee Sang-il deja flotando después es otra cosa: la certeza de que algunas vidas solo se entienden cuando ya no queda función por dar.

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