El debut en el largometraje de Rubén Pérez Barrena llega con una propuesta de thriller rural ambientada en la España de los años ochenta. Buenas intenciones, un escenario que pide a gritos este tipo de historias y un matrimonio roto por la culpa. Pero ‘Caminando con el diablo’ se queda en la superficie de sus propias tinieblas.

La premisa tiene fuerza. Miguel y Alicia arrastran la desaparición de su hijo Gabriel. Él se consume por la culpa de una noche de alcohol en la que lo perdió. Ella, en cambio, decidió que quien murió aquel día no fue su hijo, sino su marido. Dos formas de enfrentarse a lo insoportable. Esa contraposición es probablemente lo más interesante que ofrece el guion, firmado por Jesús Miguel Quintana y el propio Pérez Barrena.
Tamar Novas y Marina Salas cargan con el peso emocional de la película. Son su centro y su motor. El problema es que ‘Caminando con el diablo’ no siempre profundiza lo suficiente en ellos. Termina usando sus traumas como herramientas para empujar la trama hacia donde quiere llevarla, y eso se nota. Se nota demasiado.
Cuando un niño francés de diez años cruza su camino junto a sus padres, el encuentro desencadena lo que la película quiere vender como un viaje sin retorno al lado más oscuro del ser humano. Pero hay decisiones narrativas que buscan más la sorpresa que construir una evolución creíble. Algunas acciones de los personajes resultan poco naturales, forzadas hacia un destino que el guion necesita pero que no se gana.
Los Monegros funcionan. Eso hay que reconocerlo. Las carreteras vacías, las casas alejadas, los espacios abiertos que no transmiten libertad sino desamparo. Pérez Barrena, que ya había explorado el thriller y el terror en cortometrajes como ‘Walkie Talkie’ y ‘Rewind’, sabe usar el aislamiento como amenaza. La fotografía de Javier Salmones busca una estética apagada y sombría, acorde con el estado emocional de los protagonistas.
Pero ahí aparece el otro problema. La película quiere ser oscura antes que inquietante. Insiste tanto en recordarte que estás ante algo terrible que consigue justo lo contrario: que dejes de sentirlo. Cuando lo que debería resultar perturbador acaba pareciendo simplemente desagradable, algo falla en el equilibrio entre atmósfera y contenido.
Con apenas 84 minutos de duración, ‘Caminando con el diablo’ no se alarga, pero tampoco aprovecha ese metraje compacto para afilar lo que importa. La factura técnica queda por encima de lo que cuenta. Hay imágenes interesantes, hay un escenario magnífico para el género, hay un reparto que incluye también a Iván Marcos, Annick Weerts y Alban Petit. Lo que falta es una mirada verdaderamente personal que compense las carencias de un guion demasiado convencional para lo que prometía.
El dolor cambia a la gente, dice la película. Pero para que eso funcione en pantalla, hay que mostrarlo desde dentro, no solo subrayarlo desde fuera. ‘Caminando con el diablo’ se queda a medio camino entre el thriller rural que quería ser y el retrato psicológico que no llega a construir.



