‘El final de Oak Street’: Mitchell reinventa el cine de dinosaurios con descaro y talento

David Robert Mitchell llevaba ocho años sin ponerse detrás de una cámara. Vuelve con una película de dinosaurios que no se parece a ninguna otra película de dinosaurios. Y eso, en 2026, tiene un mérito enorme.

El director de ‘It Follows’ y ‘Lo que esconde Silver Lake’ da el salto al cine de gran presupuesto sin dejar atrás ni una sola de sus obsesiones. ‘El final de Oak Street’ arranca en un vecindario suburbano de los años ochenta, aparentemente perfecto, donde la familia Platt se desmorona en silencio. Anne Hathaway es Denise, una escritora frustrada que fantasea con abandonarlo todo. Ewan McGregor es Greg, un hombre que ha perdido su empleo y se refugia en el alcohol. Sus hijos, Audrey (Maisy Stella) y Brian (Christian Convery), observan las grietas desde la trinchera adolescente. Entonces una brecha espacio-temporal traslada el barrio entero al periodo jurásico. Y la crisis matrimonial pasa a un segundo plano bastante comprensible.

Lo que hace Mitchell con esa premisa es lo verdaderamente interesante. No entrega un espectáculo convencional. Retrasa la aparición de las criaturas hasta crear una atmósfera enrarecida, casi de ‘Tiburón’, y cuando los dinosaurios por fin aparecen no son solo máquinas de matar. Comen, beben, defecan, copulan. El director ha explicado que quería tratarlos como animales reales, no como amenazas de parque temático. Esa decisión produce imágenes que no esperarías encontrar en un estreno de estas dimensiones.

Hay rapaces emplumadas que parecen inofensivas, estegosaurios entre los árboles, una serpiente prehistórica y un T. Rex que es heredero directo del modelo de 1993. Pero también hay alguien golpeando a ese T. Rex con un martillo, una misión de rescate suicida para salvar a un perro y momentos que huelen a serie B de la buena. El humor negro recorre toda la película y convive con el terror sin que ninguno de los dos se anule.

Las referencias están ahí y no se esconden. ‘Parque Jurásico’, ‘Poltergeist’, ‘Encuentros en la tercera fase’, ‘Regreso al futuro’, ‘El chip prodigioso’. Toda la factoría Amblin condensada en un cóctel que, pasado por el filtro de Mitchell, se convierte en otra cosa. Porque debajo del homenaje hay un retrato ácido del sueño americano suburbano, una ama de casa que escribe a escondidas y un drama familiar que no desaparece bajo los efectos especiales. Los problemas de los Platt importan. Y eso marca la diferencia.

La mezcla de géneros es salvaje. Drama doméstico, ciencia ficción al estilo ‘The Twilight Zone’, fantasía, gore de serie B. Todo junto. Todo funcionando. Mitchell se salta las reglas del entretenimiento contemporáneo con una naturalidad que resulta casi provocadora, porque en un panorama donde cada gran producción parece cortada por el mismo patrón, aquí no sabes en ningún momento lo que va a pasar a continuación.

‘El final de Oak Street’ demuestra algo que no debería hacer falta demostrar pero que la industria olvida constantemente: el cine de autor y el espectáculo pueden ir de la mano. Mitchell ha tardado ocho años en volver. Ha merecido la espera.

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