Diego Luna presenta en San Sebastián ‘Ceniza en la boca’, su adaptación de la novela de Brenda Navarro sobre inmigración mexicana en España. Una película con buenas intenciones y una protagonista enorme que, sin embargo, no llega a donde debería.

Lucila nació en México. Un día dejó a sus abuelos, cogió a su hermano pequeño y cruzó el océano para reencontrarse con la madre que se había marchado buscando una vida mejor. En España la espera un calvario de trabajos precarios: niñera de una arquitecta borde y tacaña, cuidadora de ancianos, repartidera de comida. Cada vez que parece agarrar un pedazo de estabilidad, algo se lo arranca de las manos.
La historia es cíclica. Lucila pasa de Madrid a Barcelona, de Barcelona a México, y en cada parada la tragedia le escupe en la cara de una forma distinta. Pierde la casa. Pierde a un familiar. Pierde las ganas. Luna construye un relato sobre no encontrar tu lugar en el mundo aunque lo cambies de arriba a abajo, y en eso hay verdad. Pero verdad no siempre significa cine.
El gran hallazgo de la película es Anna Díaz. Da vida a Lucila con un carisma inmenso y una naturalidad que sostiene cada escena. Cuando el guion se queda en la superficie, ella lo compensa. Cuando la dirección pasa de puntillas, su presencia llena el hueco. Sin ella, ‘Ceniza en la boca’ se desmorona.
Y ese es el problema. Luna es sincero al poner sobre la mesa la realidad de muchos inmigrantes, pero su honestidad no se transforma en profundidad cinematográfica. Todo se queda en una sucesión seca de momentos que, aunque necesarios para entender a Lucila, no dejan rastro. Las razones por las que tantos mexicanos vienen a España pasan de puntillas por la pantalla. Los problemas a los que se enfrentan al llegar se leen en diagonal.
Es como hacer un zumo y cansarse de exprimir demasiado pronto. La naranja todavía tenía jugo. ‘Ceniza en la boca’ deja exactamente el sabor que anuncia su título: ceniza. Pero no porque lo busque, sino porque se queda a medio camino entre el drama social que quiere ser y la película que no termina de atreverse a ser.



