Nicolas Winding Refn ha presentado en el Festival de Sitges ‘Her Private Hell’, su vuelta al largometraje después de una década. Lo ha hecho con una declaración que resume bien quién es: asegura que tuvo que morir, literalmente, para recuperar las ganas de crear.

«No fue una experiencia cercana a la muerte, sino una muerte real», afirma el director danés. Antes de aquel episodio, la llama se había apagado. No quería hacer nada. «¿Qué iba a hacer el resto de mis días?», recuerda haberse preguntado. Al volver, todo cambió. «Era un chico de 16 años en el cuerpo de un hombre de 52». Recuperó la curiosidad, la arrogancia creativa y, según sus propias palabras, el apetito sexual, «lo que volvía loca a mi mujer».
El director de ‘Drive’, ‘Solo Dios perdona’ y ‘The Neon Demon’ no ha perdido ni un gramo de provocación. Más bien ha vuelto con hambre.
‘Her Private Hell’ es una fantasía oscura y deliberadamente excesiva. Sophie Thatcher interpreta a Elle, una joven actriz que habita una torre en una ciudad imaginaria y busca desesperadamente el amor de un padre que no deja de abandonarla. Un asesino conocido como Leatherman avanza entre la niebla. Un soldado, encarnado por Charles Melton, busca a su hija perdida. Todo sucede en un territorio a medio camino entre el cuento de hadas, la pesadilla y el melodrama.
Bajo ese envoltorio, Refn ha construido una historia sobre la paternidad. O, más exactamente, sobre la necesidad de escapar de ella. Elle se enfrenta a tres arquetipos paternos: el padre egoísta que la abandona y acaba casándose con la que fue amante de su hija; Leatherman, el padre trágico incapaz de aceptar la pérdida y cuya protección se convierte en posesión; y el soldado K, el padre idealizado dispuesto a descender al infierno por su hija. Refn lo vincula a un subgénero que llama dadsploitation: «Es una forma de pornografía emocional masculina», sentencia.
Ninguno de los tres modelos salva a Elle. Ni el abandono, ni la posesión, ni el sacrificio heroico. «Son las tres figuras paternas de las que necesita liberarse para alcanzar plenamente su propia identidad», señala. Lo que parecía puro artificio visual esconde una historia de emancipación. La de una joven que debe dejar de definirse a través de la mirada de los hombres que pretenden decidir su destino.
La otra gran decisión de Refn fue convertir la película en una ópera. Y lo decidió a mitad de rodaje. «Quería hacer una ópera, pero no me di cuenta hasta la mitad del rodaje», reconoce. Necesitaba un compositor que dominara la tradición operística y el lenguaje cinematográfico. Se fue a Italia. «Pero todos los compositores habían muerto», bromea. Todos menos Pino Donaggio, el veterano asociado al cine de Brian De Palma. La colaboración fue tan determinante que Refn asegura que sin aquella partitura la película no existiría. «Cuando trabajas con una persona con su trayectoria, te interesa más lo que puede aportar él que lo que puedes aportar tú».
El proceso tampoco fue convencional. Rodaje cronológico, diferentes músicas probadas sobre la marcha, una película nacida del silencio. «Había vuelto de la muerte, empezaba de cero. No tenía nada». La música le dio la forma que le faltaba al universo que estaba levantando con madera y pintura.
Refn ha vuelto exactamente como cabía esperar: sin pedir permiso, sin rebajar el tono, convirtiendo su propia muerte en el arranque de una película sobre padres, hijas y la violencia que se esconde detrás de cada forma de amor. Sitges era el único sitio posible para un regreso así.



