‘Ceniza en la boca’: Diego Luna dirige su película más madura desde el desarraigo migratorio

Diego Luna vuelve a ponerse detrás de la cámara con ‘Ceniza en la boca’, un drama que adapta la novela de Brenda Navarro y que retrata el dolor de la inmigración mexicana en España. Se estrenó el pasado 9 de octubre.

La premisa es tan sencilla como devastadora. Una veinteañera mexicana, Lucila, llega a Madrid con su hermano adolescente para reencontrarse con la madre que los abandonó. De ese hueco afectivo, de esa orfandad repentina que abre el prólogo, nace todo lo que la película cuenta. Y lo que calla.

Anna Díaz carga con el peso de Lucila y lo hace con una convicción que sostiene cada plano. Sus ojos guían la cámara por las calles de Madrid y Barcelona. Es ella quien cuida bebés, aguanta empleadoras insoportables, miente al chico que le gusta diciéndole que es universitaria porque no quiere admitir que trabaja como repartidora. Su precariedad tiene momentos de luz —amigas, ganas de vivir—, pero el desgarro familiar siempre está ahí, debajo de todo.

Luna hace algo inteligente con la puesta en escena. La fotografía de Damián García alterna un estilo callejero, casi documental, con planos fijos en interiores observados desde puertas y ventanas. Ese contraste no es decorativo. Fuera, la ciudad se mueve. Dentro, el aislamiento se mastica. Los hermanos están solos aunque estén rodeados de gente, y la cámara lo muestra sin subrayarlo.

La comparación con los Dardenne no es gratuita. Hay en ‘Ceniza en la boca’ ese realismo social europeo que observa sin juzgar, que pone la cámara cerca del cuerpo y deja que el espectador saque sus propias conclusiones. Luna lo absorbe y lo cruza con algo propio: la añoranza, la fractura cultural, ese estar en un sitio sin terminar de llegar.

El reparto acompaña a Díaz con nombres como Adriana Paz, Irene Escolar, Laura Gómez, Luisa Huertas y Sergio Bautista. Pero esta es, ante todo, la película de su protagonista. Y de un director que, desde su debut con ‘Abel’ en 2010, pasando por el biopic de César Chávez y la road movie ‘Sr. Pig’, no había encontrado un material que le encajara tan bien.

La primera parte funciona mejor. Ahí está lo más vivo: Lucila pateando calles, buscándose la vida, intentando adaptarse a un país que no es el suyo sin perder del todo quien era antes de cruzar el océano. Cuando la trama se adentra en la tragedia familiar —el abandono de la madre, la responsabilidad aplastante de cuidar a un hermano menor—, el tono se oscurece y el ritmo se frena. No es un defecto. Es una decisión. Pero exige paciencia.

Con 97 minutos de metraje, Luna no se extiende más de lo necesario. Cuenta lo que tiene que contar y se va. ‘Ceniza en la boca’ es probablemente su mejor película hasta la fecha. No porque sea la más ambiciosa, sino porque es la que mejor transmite el peso de sus personajes sin caer en el discurso ni en el golpe fácil. Un viaje de ida y vuelta al vacío, como dice el propio filme, contado con tacto y con las manos sucias de realidad.

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