El Cine Albéniz acogió el pasado sábado el estreno de la banda sonora compuesta por Alberto Piazza para ‘Paris qui dort’, la película muda de René Clair de 1923, en un cine-concierto que cerró con aplausos unánimes la 32.ª edición del Festival de Cine Francés de Málaga.

Hay pocas cosas más arriesgadas que ponerle música en directo a una película que lleva más de un siglo funcionando en silencio. Piazza lo hizo. Y lo hizo con una suite concebida para cuarteto de cuerda, piano y percusión. Un ensamble reducido, sin red, donde cada nota queda expuesta.
El compositor italiano, formado en piano en Vicenza y en composición en Mantua —donde se graduó con las máximas calificaciones—, trabaja habitualmente desde la trinchera de la edición musical en la Casa Ricordi. Su catálogo se mueve en el territorio de la música académica contemporánea y de cámara: piezas como ‘Etesiae’, escrita para piano, ensemble de vientos y timbales, o ‘Canzoni di strada’, para violín y saxofón alto. Obras presentadas en escenarios internacionales por conjuntos como el Cuarteto Aleph o Icarus vs Muzak.
Lo que propone Piazza en ‘Paris qui dort’ es algo deliberadamente pegado a la imagen. La música funciona como una segunda piel del film, lo que implica un riesgo evidente: separada de la película, la partitura pierde parte de su sentido. Pero dentro de la sala, con la versión restaurada proyectándose durante cerca de sesenta minutos, el efecto es otro. Los segmentos sonoros avanzan de forma obsesiva, con constantes cambios de ritmo y de humor, en un lenguaje tonal que deja asomar las arquitecturas de Philip Glass sin renunciar a una voz propia.
El Ensamble Modus —Adrián López, Pablo Torres, Daniel García, David Barea, Alba García y Rubén Blat— cargó con la responsabilidad de levantar ese espacio sonoro en tiempo real. Seis músicos obligados a mantener un empaste impecable mientras la película corría delante de ellos. El resultado, según lo recogido en la sala, destacó especialmente en el cuidado del sonido de las cuerdas y en la relación que aportaron la percusión y el piano.
La dirección recayó en el maestro Santiago Otero, que tuvo que resolver un problema doble: desplegar la partitura siguiendo la proyección de la cinta y, al mismo tiempo, ir más allá del simple acompañamiento descriptivo. Otero buscó sinergias con la imagen, subrayando el carácter funcional de una banda sonora que vive del contraste dramático que propone el propio Clair.
Y ahí está la gracia del asunto. René Clair no fue un director cualquiera. Fue un pionero en la transición del mudo al sonoro, un cineasta con espíritu vanguardista que llenó sus películas de humor poético y sátira visual. Ponerle música a ‘Paris qui dort’ es dialogar con las vanguardias del París de entreguerras. Piazza lo entiende así y construye su suite como un puente entre aquella cultura y el presente.
El público del Albéniz respondió con aplausos unánimes. Piazza, presente en la sala, recibió el reconocimiento junto al Ensamble Modus y Otero. Un estreno que no buscaba espectáculo, sino precisión. Y lo encontró.



