La directora brasileño-estadounidense Beth de Araujo llevó ‘Josephine’ a la sección Perlak del Festival de San Sebastián. Una película que nace de su propia experiencia y que cuenta el drama de una niña de ocho años enfrentada a algo que no debería haber visto.

Josephine es una cría alegre. Juega al fútbol, sale a correr con su padre por las mañanas. Hasta que un día, durante uno de esos paseos por el parque, presencia la violación de una mujer por parte de un desconocido. No entiende lo que ha visto. Pero algo se rompe. Y sus padres, desamparados, se enfrentan a una pregunta que no tiene respuesta fácil: ¿se le puede explicar a una niña de ocho años lo que es una violación?
De Araujo construye a los padres desde sus propias heridas. El padre, Damien, superó la violencia masculina haciéndose más fuerte: si su padre le pegaba, él devolvía el golpe. La madre la reprimió, nunca habló de ello, nunca se lo contó a nadie. «Ambos parten desde el intento de proteger a su hija con la información que tienen y con la forma en que ellos mismos enfrentaron esas experiencias», explica la directora. Esa grieta entre los dos marca cada decisión que toman.
El hallazgo de la película es Mason Reeves, la niña protagonista. De Araujo la encontró en un mercado de agricultores. A partir de ahí, todo se hizo con un cuidado extremo. Mason nunca leyó el guion. Su madre le decía las líneas para que las memorizara. Nunca apareció en escenas con contenido inapropiado. Y la directora usó un método particular: le pidió que escribiera momentos en los que había estado muy triste, muy orgullosa o muy frustrada, y asignaba esos recuerdos a las distintas escenas para regular su interpretación.
En el set, el ambiente se cuidó al detalle. Channing Tatum, que tiene una hija, fue clave en mantener un clima ligero entre tomas. «Todos entendían muy bien que teníamos que asegurarnos de que entre tomas hubiera un ambiente realmente entretenido, porque el trabajo era duro», cuenta De Araujo. Mason no ha visto la película completa. Cuando cumpla dieciocho años, será decisión suya.
Hay algo que la directora deja muy claro cuando habla de su oficio. No pretende cambiar políticas ni tiene las herramientas para ello. Lo que sí puede hacer es poner un espejo delante del espectador. «Mi trabajo es decir la verdad tal como la veo y la siento, poner un espejo frente a las personas y esperar que eso afecte al público, para que luego haga con ello lo que quiera.» Si eso genera una conversación, bien. Si no, el espejo ya estaba ahí.
La película nace de algo vivido. De Araujo lo dice sin rodeos: el silencio no funcionó con ella. Creó una espiral negativa en su cabeza, en la oscuridad. Por eso apuesta por la honestidad, aunque no sepa cuál es el momento adecuado para hablar con un niño sobre la violencia sexual. Nadie lo sabe. Pero callar, asegura, tampoco es la respuesta.
‘Josephine’ no busca dar lecciones. Busca incomodar lo justo para que la pregunta se quede dentro. Y a juzgar por lo que cuenta su directora, esa pregunta lleva años resonando en su propia cabeza antes de convertirse en película.



