Jane Schoenbrun llega a Sitges Film Festival 2026 con una película que ya suena a premio gordo. ‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’ es un slasher queer, sangriento y desternillante que desmonta pieza a pieza las franquicias de terror que llevan décadas repitiendo la misma fórmula.

Después de dejar a medio mundo desconcertado con ‘I Saw the TV Glow’ en 2024, Schoenbrun sube la apuesta. La premisa es tan sencilla como brillante: ¿qué pasa si haces un slasher autoconsciente, lo empapas de estética camp y lo llenas de personajes queer? El resultado son dos horas en las que es imposible dejar de reírse. Y de mirar entre los dedos.
La película sigue a Kris, una directora de cine que se propone hacer el reboot de una franquicia ficticia de terror llamada «Pequeña muerte». Hanna Einbinder, conocida por su trabajo en ‘Hacks’, da vida al personaje con su habitual precisión. A su lado, Gillian Anderson interpreta a Billy Presley, la actriz fetiche de la saga original, apartada por Hollywood por el crimen imperdonable de envejecer. Anderson compone una especie de Jamie Lee Curtis aislada del mundo durante años, alimentada a base de pollo frito, chuches y porros. El dúo funciona como un reloj.
Schoenbrun utiliza la metanarrativa para poner patas arriba todo lo que el slasher ha dado por sentado. La figura de la «final girl», esa superviviente que tiene que sufrir torturas y quedarse medio desnuda para ganarse el derecho a vivir. El asesino enmascarado que nunca muere. Las secuelas infinitas. Todo pasa por el filtro de una sátira que no deja títere con cabeza. Literalmente: hay sangre y vísceras de sobra para quien las busque.
Pero lo que eleva la película es su discurso. No se limita a meter personajes del colectivo LGBTIQ+ por cuota. Se ríe precisamente de eso, del cine que hace representación vacía para quedar bien. Y al mismo tiempo aborda algo más profundo: el tropo histórico que ha retratado al colectivo trans como algo monstruoso, una reflexión que conecta con el trabajo de teóricas como Susan Stryker. Todo eso convive con gore descarado y humor constante. Y no chirría. Eso es lo difícil.
La estética camp lo atraviesa todo, desde los créditos iniciales hasta la escena postcréditos. Susan Sontag definió el camp como artificio, teatralidad, humor y exageración. Schoenbrun coge esa definición y la convierte en el ADN de cada plano. El título no es casual: «Camp Miasma» lleva la declaración de intenciones en el nombre.
Hay una frase dentro de la película que resume su juego de espejos: «Si se vuelve demasiado real, siempre puedes apagarlo». Esa línea entre ficción y realidad se va desdibujando conforme avanza el metraje, y ahí es donde Schoenbrun demuestra que no solo tiene mirada propia, sino que sabe construir una estructura narrativa que sostiene el cachondeo sin perder tensión.
‘Campamento Miasma’ es una de las candidatas más firmes al premio a mejor película en Sitges 2026. Después de esto, negar que Schoenbrun es una de las voces más singulares del cine de género actual requiere un esfuerzo considerable. Hace falta mucho oficio para que una película dé miedo, haga reír y desmonte un género entero en dos horas. Esta lo consigue.



