‘Catorce noches’, lo nuevo de Oskar Alegria, se ha presentado en la sección Zabaltegi del Festival de San Sebastián. Una película que orbita alrededor de la figura de Jorge Oteiza sin pretender retratarlo, sino desmontarlo pieza a pieza.

El film se estructura en catorce episodios mínimos, catorce «noches» que no recorren la obra del escultor de manera convencional. Lo que hacen es girar sobre su figura hasta desfigurarla, vaciarla, reducirla a su esencia. Es el propio Alegria quien lo plantea así desde dentro de la película.
La única obra visible son los 14 apóstoles de la Basílica de Aránzazu. Y a la vez están todas. Porque lo que importa aquí no es mostrar, sino imaginar, narrar, especular. Alegria habla ante Iñar Sastre, pianista que ejerce de organista en el film, y ante el espectador, dejando que sea cada uno quien construya las imágenes finales.
‘Catorce noches’ funciona como una película hueca. Un proyecto de película. Un esbozo que, de pronto, toma forma ante quien mira. El cine entendido como ausencia, como agujero —palabra clave del film— y ese agujero convertido en posibilidad de un mundo entero.
Hay momentos en los que la propuesta se vuelve demasiado explícita, demasiado solemne. Alegria no siempre esquiva la tentación de subrayar lo que ya se intuye. Pero hay algo que compensa: un destello poético que rara vez aparece en el cine español y que aquí respira con naturalidad.
La tensión del film vive en esa lucha entre la etiqueta y el vacío que la deshace. Se puede entrar o no. Pero lo que deja ‘Catorce noches’ es difícil de sacudir, aunque sea solo durante el rato en que la película te habita.



