Casey Affleck vuelve a ponerse detrás de la cámara y firma en ‘Company’ una película de relatos encajados, fantasmas domésticos y ecos familiares. Tras su estreno mundial en la Competencia Oficial de la Mostra de Venecia y su paso por Deauville y Zurich, el filme llegó a la sección Fantàstic del Festival de Sitges 2026.

No es casualidad que en la presentación se recordara su papel en ‘A Ghost Story’, aquel espectro con sábana blanca que habitaba una casa a través del tiempo. En ‘Company’ hay algo de eso. Una morada rural que muta según la época. Personajes que llegan sin ser invitados. El tiempo como inquilino permanente.
El arranque es puro cine de género: noche, lluvia, un coche, una mujer con capucha negra. La cámara la sigue con decisión. Todo apunta a misterio, a acción contenida, a silencio que pesa. Pero entonces la mujer entra en una casa donde se celebra la Navidad de 1975, y empieza a contar una historia. Dentro de esa historia hay otra. Y dentro de esa, otra más. ‘Company’ se despliega como una muñeca rusa donde cada relato contiene el siguiente, y la película pasa del thriller atmosférico al territorio de la palabra.
Ahí es donde Affleck tropieza. La apuesta por lo verbal es interesante, incluso valiente, pero la puesta en escena no encuentra cómo acompañar esos diálogos. La cámara se queda un poco huérfana cuando el guion —firmado por el propio Affleck junto a Ron Hansen— toma las riendas. Lo que sí funciona es el montaje, que permite saltar entre épocas y relatos con fluidez.
De todas las capas narrativas, una destaca por encima del resto. Un chico aparece desplomado en un entorno rural y es recogido por un matrimonio. Su llegada desata sucesos extraños en la comunidad. La naturaleza del joven y su relación con la esposa marcan el pulso y el tono de toda la película. Es el corazón oscuro de ‘Company’, y es donde el filme respira mejor.
Para ese papel, Affleck ha elegido a su propio hijo. Atticus Affleck mezcla algo del tono pasota de Timothée Chalamet con la extrañeza que siempre ha acompañado a su padre. El resultado es magnético. Su hermano Indiana Affleck también aparece en el reparto, junto a Nick Nolte, Ben Mendelsohn y Adelaide Clemens. Casey, por primera vez en sus trabajos como director, no se pone delante de la cámara. Pero está ahí. En las facciones de sus hijos, en sus gestos, en una presencia casi vampírica que la película no esconde sino que abraza.
Esa decisión es lo más fascinante de ‘Company’. Un cineasta que se retira del plano pero se multiplica en su descendencia. La herencia como fantasma. El linaje como forma de habitar una ficción. Hay algo deliberado y algo inquietante en ello, y encaja perfectamente con una película que habla de casas donde siempre llega alguien que no esperabas.
Con 92 minutos de duración, ‘Company’ no se alarga. Tampoco necesita hacerlo. Su problema no es el ritmo sino el desequilibrio entre un arranque visual poderoso y un desarrollo que confía demasiado en la palabra sin encontrar la forma cinematográfica que la sostenga. Affleck sabe abrir puertas. Lo que todavía no domina del todo es decidir cuántas dejar entreabiertas al mismo tiempo.



