‘El coro de Praga’ tiene la fotografía que su guion no merece

Ondřej Provazník firma una película sobre abuso infantil en un coro femenino que apuesta a seguro en cada decisión. Ambiciosa en escala, formulaica en ejecución.

El director checo llega con su segundo largometraje seis años después de su ópera prima. ‘El coro de Praga’ fue una de las cintas más destacadas del festival de Karlovy Vary y tiene potencial para alcanzar distribución internacional. El envoltorio es atractivo. Lo que hay dentro, bastante menos.

La película sigue a Valerie, una chica de trece años que asciende al grupo principal de un reconocido coro femenino de Praga, donde su hermana ya es miembro consolidado. El director del conjunto, un hombre joven, severo y en ocasiones desconcertantemente cálido, selecciona personalmente a cada niña. Durante un retiro anual de ensayo en un complejo aislado entre montañas nevadas, la máscara empieza a caer. Lo que hay detrás es manipulación, aprovechamiento y abuso sistemático, ignorado por el resto de autoridades del coro y aceptado como secreto a voces.

El problema no es el tema. Es que Provazník lo aborda como si fuera el primero en contarlo. El esquema del abuso en un entorno cerrado —un aula, una iglesia, un equipo deportivo— no necesita demasiadas variaciones para funcionar. Y el coro, con su director que dicta el tempo y las voces que se quiebran bajo presión, ofrece un potencial metafórico enorme. Pero el cineasta checo apenas lo toca.

El diálogo es simplista. La sucesión de secuencias, un catálogo de lugares comunes. Las escenas de acoso entre las jóvenes podrían pertenecer a cualquier serie adolescente estadounidense, calcadas en tono y resolución. Lo que salva a la película de la irrelevancia total es una fotografía y una ambientación que le imprimen una profundidad visual que el guion jamás alcanza. Ver una producción independiente checa rodando a campo abierto en Nueva York con ambientación de los noventa es poco habitual. Eso se nota.

Desde los primeros minutos se intuye el desenlace que le espera a Valerie. No hay sorpresa, no hay desvío. Provazník no construye tensión dramática real; la reanima artificialmente, alargando una conclusión que el espectador ya ha proyectado en su cabeza mucho antes de que llegue. Es un juego con la expectativa que roza lo cínico.

Cuando finalmente aparece la escena más dura —composición estática, acción parcialmente fuera de campo, un plano suspendido en el tiempo que es lo más atrevido de toda la película—, lo que debería funcionar como gesto de denuncia y compasión se percibe como otra cosa. Más como una afirmación egocéntrica del propio Provazník sobre su condición de autor que como un acto de respeto hacia lo que está mostrando.

‘El coro de Praga’ es una película diseñada para la conversación de sofá cómoda. Remueve en los rincones más compasivos del espectador sin llegar nunca a irritarlo. Una cinta que toca un tema devastador con guantes de terciopelo y que, pese a su ambición en escala y presupuesto, no se permite ni un solo gesto narrativo arriesgado. Provazník tenía el escenario perfecto para hacer algo incómodo. Eligió lo contrario.

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