‘La última ola’: Noruega demuestra que no hace falta Hollywood para hacer temblar la butaca

La producción noruega dirigida por Roar Uthaug en 2015 construye una película de catástrofes con menos presupuesto que cualquier superproducción americana y, aun así, consigue que el tsunami se sienta cerca. Muy cerca.

El planteamiento es directo. Un geólogo, interpretado por Kristoffer Joner, detecta que el derrumbe de la montaña Åkneset es inminente. Lo que viene después es un tsunami. Su familia está en un hotel junto a la costa. A partir de ahí, la película se convierte en lo que uno espera: carrera contra el reloj, advertencia ignorada, búsqueda desesperada. Nada nuevo. Pero funciona.

La comparación con ‘Lo imposible’ es inevitable. Tsunami, familia separada, lucha por reencontrarse. Los ingredientes son los mismos. La diferencia está en el enfoque. Donde Juan Antonio Bayona exprimía cada gota de emoción hasta dejarte seco en la butaca, Uthaug opta por otra cosa. Mantiene distancia emocional con sus personajes. Apuesta por la tensión pura, por la amenaza que crece. No busca el llanto. Busca que contengas la respiración.

Esa decisión tiene un precio. Los personajes no se clavan como deberían. No hay una escena que te revuelva por dentro como aquella que cerraba la película de Bayona. Pero también tiene una ventaja: la película no manipula. No recurre al golpe bajo cada cinco minutos. Y en un género que tiende al exceso sentimental, eso se agradece.

El propio Uthaug lo explicó así: «Para las imágenes, hemos usado efectos visuales generados por computadora y efectos especiales sin intervención digital». Esa combinación es lo que da a la ola su peso. No parece un dibujo animado gigante. Parece agua de verdad viniendo hacia ti. Y con un presupuesto muy inferior al de cualquier blockbuster, el mérito se multiplica.

No es casualidad que después de esta película Uthaug diera el salto a dirigir la nueva versión de ‘Tomb Raider’ con Alicia Vikander. ‘La última ola’ fue su carta de presentación internacional, y cumplió su función.

Donde mejor respira la película es en la sala de cine. O, al menos, con el volumen alto y las luces apagadas. La combinación de efectos visuales y sonido coloca al espectador en mitad de la catástrofe. El suspense se sostiene durante buena parte del metraje sin necesidad de artificios narrativos. Es cine de género europeo que entiende sus limitaciones y las convierte en identidad propia.

‘La última ola’ no reinventa nada. Tampoco lo pretende. Lo que hace es demostrar que una cinematografía pequeña puede jugar en el terreno de las grandes catástrofes sin hacer el ridículo. Y eso, viniendo de Noruega, con una montaña real y una ola que se siente auténtica, ya es bastante más de lo que ofrecen muchas producciones con diez veces su presupuesto.

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