Un ensayo titulado ‘Patrimonio Nacional’ desmonta con bisturí el nacionalismo que atraviesa la crítica de cine española, desde Cannes hasta la Transición. Lo que describe duele porque es verdad.

El sábado 16 de mayo, Rodrigo Sorogoyen cerraba su discurso de agradecimiento en la sala Lumière de Cannes con un «¡Viva España!». Unas horas después, el candidato de Vox a las elecciones andaluzas terminaba el suyo con la misma frase. El ensayo arranca ahí, en esa colisión incómoda. Y no suelta el acelerador.
Lo que plantea ‘Patrimonio Nacional’ es una pregunta que nadie en el circuito profesional quiere hacerse. ¿Cómo es posible que quienes deberían cuestionar las formas del cine contemporáneo actúen como ultras celebrando un título de liga? Porque eso es exactamente lo que ocurrió cuando Los Javis ganaron el premio a la mejor dirección por ‘La bola negra’. La sala de prensa del festival los recibió entre vítores y aplausos. Críticos aplaudiendo. No analizando. Aplaudiendo.
El texto no se queda en la anécdota. Disecciona las lecturas que se hicieron de las dos películas españolas en Cannes y encuentra trampas en ambas. De ‘El ser querido’, la crítica dijo que hablaba sobre masculinidad tóxica en el cine. Pero los maltratos del personaje de Bardem a su equipo no venían del género, sino de la verticalidad del sistema. Señalar la estructura de poder de la industria desde dentro de la industria es, al parecer, territorio vedado. De ‘La bola negra’ se habló de «canto de amor a Lorca» y «ejercicio de memoria histórica». Roger Koza fue más preciso: la comparó con ‘Emilia Pérez’. Directores que convierten la memoria en mercancía y blanquean el franquismo al mismo tiempo.
Lo más valioso del ensayo es que no se conforma con diagnosticar el presente. Busca las raíces. Y las encuentra donde casi nunca se mira: en la Transición. En una España donde los censores franquistas se reconvirtieron en editores literarios. Donde El País, fundado y financiado por exministros, empresarios e intelectuales del régimen —con el biógrafo oficial de Franco como editorialista—, se autoproclamó «el periódico de la democracia». Su crítico literario de cabecera, Rafael Conte, había sido, en palabras de Gregorio Morán, «una gran promesa del falangismo». Su crítico de cine, Antonio Lara García, venía de la revista franquista Cuadernos para el diálogo. Los nombres cambiaron de etiqueta. Las estructuras se quedaron donde estaban.
Rafael Chirbes lo formuló con claridad: lo que se dirimía era el restablecimiento de un canon artístico vapuleado por los literatos del régimen y por unas vanguardias que aspiraban a la modernidad sin ajustar cuentas con el franquismo. Textos que sobrevuelan la historia sin tocarla. Morán fue un paso más allá: la clase política de la Transición fue posmoderna antes de que llegaran los teóricos a explicárselo. Clausurar el pasado, renunciar a las ideologías, vivir en el presente perpetuo. Esa fue la operación. Y la crítica cultural la compró entera.
‘Patrimonio Nacional’ no es un texto cómodo. Tampoco pretende serlo. Lo que hace es poner nombre a algo que se ve en cada festival, en cada titular que dice «el cine español conquista Cannes», en cada crítico que celebra una película por el pasaporte de su director. Directores, críticos, productoras, distribuidoras, programadores y publicistas. Todos en el mismo equipo. Eso no es crítica. Es relaciones públicas con otro nombre.



