El jurado oficial del Festival de Sitges ha otorgado el premio a la mejor película a ‘Sanguine’, segundo largometraje de la francesa Marion Le Corroller, mientras el público ha respondido coronando a ‘Wildwood’, la película de animación en stop-motion de Laika, como su favorita del certamen.

Dos premios. Dos películas. Dos lecturas del festival que no podrían estar más lejos la una de la otra. El palmarés oficial ha dejado fuera por completo a ‘Wildwood’, una obra que ya se señala como hito del cine de animación. También a ‘Company’. El jurado ha mirado hacia otro lado.
‘Sanguine’ plantea una crítica a la explotación laboral del capitalismo apoyándose en el body horror. Un terreno que películas recientes como ‘Cru’ y ‘La sustancia’ ya habían transitado con bastante más fuerza y originalidad. El resultado es una propuesta que subraya sus intenciones con trazo grueso, sin la sutileza que pide ese tipo de material.
El verdadero veredicto ha llegado desde las butacas. El público de Sitges, al que esta edición se ha señalado por la costumbre de algunos espectadores de aplaudir cada muerte violenta en pantalla —venga o no a cuento—, ha demostrado que cuando se pone serio, acierta. ‘Wildwood’, el prodigio técnico y cinematográfico de Laika, se ha llevado el premio del público. Justicia elemental.
Lo que deja esta edición es una fractura ya conocida en Sitges pero que este año se ha abierto más que nunca. El jurado oficial apostando por una película menor y derivativa. El público y la crítica tirando por otro camino. No es la primera vez que pasa, pero pocas veces el contraste ha sido tan evidente.
‘Wildwood’ saldrá de Sitges con el premio que más pesa en un festival así: el de la gente que paga su entrada y se sienta a oscuras. ‘Sanguine’ se lleva el galardón oficial. La diferencia entre ambos dice más sobre el estado del certamen que cualquier discurso de clausura.



