La directora de ‘Abrir puertas y ventanas’ y ‘La idea de un lago’ regresa con una película que apuesta todo a la imagen, al enigma y a la fe ciega en el cine como lenguaje. Y gana.

Hay películas que se sostienen sobre un guion blindado. Otras, sobre un concepto arrollador. ‘Las corrientes’ no elige ninguno de esos caminos. Elige la puesta en escena como único territorio posible. El plano de una mujer convertida en faro. Esa misma mujer suspendida en la corriente de un río que quiere llevársela. Nada más. Y nada menos.
Milagros Mumenthaler dirige desde un lugar que exige coraje. Su cine siempre ha sido intenso e íntimo, resplandeciente y misterioso, pero aquí va un paso más allá. Se lanza al vacío. Construye cine desde el propio cine, sin red, sin concesiones, sin atajos narrativos que faciliten la digestión.
El punto de partida es sencillo en apariencia. Una estilista recibe un premio y, desde un puente, se arroja al agua. Se deja llevar por la corriente. Cuando regresa a casa, interpretada por Isabel Aimé Gonzalez Sola con los ojos completamente abiertos, ya no entiende nada. El agua le repugna. Su cuerpo, su vida, todo a su alrededor ha cambiado.
Lo que sigue es un laberinto emocional. Ella se convierte en una luz extraña que desnuda todo lo que toca: el ridículo de su vida burguesa, el absurdo de su condición de mujer de éxito, la violencia de una sociedad que no sabe ser otra cosa. La película se queda a vivir ahí, suspendida entre el acertijo y el dolor, en un ejercicio de cine íntimo y sugerente que es a la vez terrenal y profundamente acuático.
Mumenthaler, cuyas ‘Abrir puertas y ventanas’ y ‘La idea de un lago’ ya eran películas difíciles de discutir, demuestra que su escritura no se ha domesticado. Al contrario. La acompañan en el reparto Esteban Bigliardi y Jazmín Carballo, pero esta es la película de Gonzalez Sola. Su mirada incierta sostiene cada plano, cada silencio, cada pregunta sin respuesta.
104 minutos de cine argentino que no piden permiso. Que no explican. Que confían en que la imagen, cuando es libre y enigmática, contiene todo lo que hace falta. Un milagro pequeño de ternura, calidez y convicción absoluta en que el cine, cuando se atreve a dudar de sí mismo, es exactamente donde tiene que estar.
