‘Haciendo amigos’: la comedia que elige no molestar a nadie

‘Haciendo amigos’ llegó a los cines españoles el pasado 10 de julio con un punto de partida que pedía a gritos una comedia con dientes. Lo que ofrece, en cambio, es una película tan amable que acaba sabiendo a poco.

La premisa tiene gancho. Antonio Resines y Quim Gutiérrez interpretan a una pareja de atracadores de poca monta que, huyendo de la policía tras dar un golpe en una joyería, acaban infiltrados por error en un retiro creativo de teatro formado por personas con discapacidad. Megan Montaner es Eva, la monitora del grupo, que confunde a Félix con un nuevo integrante al que no conoce. Los dos delincuentes deciden seguir el juego. Lo que no saben es que les espera una semana entera conviviendo con el grupo.

David Marqués, director de ‘Puntos suspensivos’ y ‘En temporada baja’, se mueve bien en los primeros compases. Las mentiras se acumulan, los protagonistas improvisan para no ser descubiertos y el choque entre mundos genera momentos que funcionan. Hay chispa. Hay equívoco bien manejado. El problema llega cuando la película decide que prefiere abrazar antes que incomodar.

Conforme avanza el metraje, el guion de Marta González de Vega recorre un camino demasiado familiar. Los conflictos aparecen justo cuando uno espera que aparezcan. Las transformaciones personales siguen un recorrido previsible. Cada decisión parece tomada para que el espectador salga del cine con una sonrisa tranquila. Nada más. Y nada menos, pero tampoco nada más.

Resines hace lo que sabe hacer: sacar partido a cualquier diálogo, por sencillo que sea. Su delincuente cansado, curtido en años de pequeños engaños, tiene presencia aunque el material no le exija grandes esfuerzos. Gutiérrez aporta carisma y naturalidad, sosteniendo buena parte de las situaciones cómicas. Montaner cumple como nexo entre los dos mundos, aunque su personaje queda encorsetado por un guion que no le da demasiado margen.

La sorpresa está en otra parte. Los integrantes del taller de teatro terminan siendo lo mejor de la película. Sus escenas tienen una espontaneidad que el resto del film no siempre alcanza. Son los responsables de los momentos más sinceros y más graciosos. Cuando ellos están en pantalla, ‘Haciendo amigos’ respira de verdad.

Visualmente, la película no busca alardes. La fotografía de Chiqui Palma es luminosa, cercana, funcional. El montaje mantiene un ritmo ágil a lo largo de sus 110 minutos. Todo está al servicio de los actores y las relaciones entre ellos. Técnicamente no hay reproche, pero la sensación general es la de un producto televisivo más que la de una película con identidad visual propia.

Ahí está el dilema de ‘Haciendo amigos’. Es difícil rechazarla porque nace de un lugar honesto. Tiene afecto genuino por sus personajes. Evita la condescendencia más obvia con las personas con discapacidad. No cae en el chiste fácil ni en la lección moral subrayada con rotulador. Pero también es una película que esquiva cada rincón donde podría haberse puesto incómoda, cada arista que habría dado personalidad a lo que cuenta. Había espacio para una sátira mucho más afilada sobre los prejuicios que dice querer desmontar. Marqués prefirió la ternura. Y la ternura, sin algo que la tensione, se queda en gesto amable.

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