Roger Gual vuelve al largometraje después de años volcado en televisión con un thriller doméstico sobre conspiraciones digitales y lazos familiares rotos. La película de Netflix, escrita por Carlos Montero y Darío Madrona, funciona mientras confía en el silencio, pero se precipita cuando decide dar respuestas.

La premisa tiene la virtud de la sencillez. Ruth, interpretada por Stéphanie Magnin, regresa a un pueblo del norte de España tras dos años de ausencia para enterrar a su madre. Lo que encuentra es a un padre irreconocible. José Coronado encarna a un exguardia civil jubilado que ha convertido el desván de su casa en un búnker digital, obsesionado con estelas de aviones y microchips en vacunas. La película usa esa obsesión como detonante y como retrato de algo que ocurre ahí fuera, en miles de hogares donde internet ha reemplazado la conversación.
Gual, que compartió dirección en la estimable ‘Smoking Room’ hace más de dos décadas, apuesta aquí por la contención. Los mejores momentos de ‘Los creyentes’ son los más callados: la cámara pegada a los rostros, los reproches que nadie pronuncia, la desconfianza instalada entre padre e hija como un tercer personaje. El guion dosifica la información con cabeza y mantiene una ambigüedad que engancha. ¿Es el padre una víctima del algoritmo o el responsable de la muerte de su esposa? La película se niega a decantarse durante buena parte del metraje, y esa turbiedad es su mejor baza.
Magnin carga con el peso del relato desde la perplejidad de quien necesita encontrar coherencia en un entorno que ha dejado de tenerla. Coronado compone un personaje inquietante que nunca enseña todas sus cartas. El duelo entre ambos funciona. El problema es que la película depende demasiado de ese duelo. Los secundarios quedan en nada. El amigo de juventud de Ruth apenas justifica su presencia. La amiga del padre, que los primeros minutos presentan con cierto misterio, se desvanece sin dejar huella. Falta densidad alrededor.
La puesta en escena tiene aciertos claros en los espacios cerrados, en esa atmósfera opresiva que subraya el aislamiento afectivo de los protagonistas. La fotografía, fría y saturada, establece un paralelismo eficaz entre el paisaje norteño y unas relaciones familiares petrificadas por el tiempo. Donde chirría es en las tomas aéreas con dron, un recurso que Gual repite más de lo necesario y que parece responder más a una convención de plataforma que a una necesidad narrativa real.
Y luego está el final. Después de un recorrido construido sobre la sugerencia y el equívoco, la resolución opta por un giro que cierra demasiadas puertas. Los últimos minutos recurren a mecanismos del thriller clásico que desentonan con todo lo anterior, como si alguien hubiera decidido que la ambigüedad no era suficiente y había que atar cada cabo. Es un tropiezo que no arruina la película, pero sí la rebaja.
‘Los creyentes’ retrata con acierto algo muy real: cómo las certezas absolutas de internet pueden convertir a alguien cercano en un completo extraño. Esa idea, poderosa y actual, merecía un cierre a su altura. Gual y sus guionistas construyen un thriller que sabe tensar pero que no confía del todo en su propia contención.
