La ópera prima de Francesco Sossai ha arrasado con ocho Davide di Donatello. ‘La última ronda en Venecia’ es una película de carretera, alcohol y personajes rotos que recorre el norte de Italia con la cadencia de quien no tiene adónde ir.

Hay algo de ‘Il Sorpasso’ en su ADN. Aquella película de Dino Risi en 1962 ya planteaba que meter a dos tipos distintos en un coche y lanzarlos a la carretera bastaba para radiografiar un país entero. Sossai lo sabe y no lo esconde. Pero donde Risi tenía el boom económico italiano como telón de fondo, aquí lo que pesa es la resaca de la crisis de 2008. Un paisaje rural que intenta parecerse a la gran ciudad y solo consigue exhibir su soledad.
Filippo Scotti, al que conocimos en ‘Fue la mano de Dios’, interpreta a Giulio, un joven que se deja arrastrar por dos alegres alcohólicos: Doriano y Carlobianchi. Los encarnan Pierpaolo Capovilla y Sergio Romano, dos presencias que el crítico de la fuente define como kaurismakianas. Y el adjetivo encaja. Hay en ellos esa dignidad absurda del perdedor que se niega a reconocerse como tal. Se suben a un BMW desvencijado y le enseñan a Giulio su filosofía de vida a golpe de gin-tonic, daiquiri y café con grappa.
La película funciona como una odisea sin Ítaca clara. Giulio tiene un destino —Verona, donde le espera una chica—, pero el viaje importa más que la llegada. Siempre la última ronda, esa que nunca es la última. Ese motor narrativo tan simple es también su mayor virtud: no necesita más. Tres hombres, una carretera, unas copas y la sensación de que el mundo productivo los ha expulsado sin darles un manual para lo que viene después.
La mirada de Sossai es amarga con un regusto dulce. No idealiza a sus personajes ni los condena. Los observa con la paciencia de quien sabe que desviarse del camino también es parte del camino. Hay momentos donde la película respira con una libertad envidiable, dejando que las escenas se alarguen lo justo para que el espectador sienta la misma inercia que los protagonistas.
Completan el reparto Roberto Citran, Lea di Leo y Andrea Pennachi. La fotografía de Massimiliano Kuveiller convierte el Véneto rural en un escenario que oscila entre lo bello y lo desolado. Una producción respaldada por Vivo Film, Rai Cinema, Eurimages y el Ministerio de Cultura italiano, entre otros.
Ocho Davide di Donatello para una ópera prima. La cifra habla sola. Donde ‘La última ronda en Venecia’ quizá se queda corta es en ambición: su propuesta es tan contenida que a veces roza lo menor. Pero esa contención es también lo que la hace auténtica. No grita. No subraya. Se limita a abrir la ventanilla del coche y dejar que entre el aire.



