El colectivo vasco Moriarti vuelve con una película que mira de frente dos tabúes que rara vez comparten plano: la homosexualidad y la vejez. ‘Maspalomas’, dirigida por Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi, llega a Filmin con una historia partida en dos mitades que funcionan casi como películas distintas.

El arranque no pide permiso. La cámara se mete en las dunas de Maspalomas y muestra cuerpos masculinos desnudos, sexo explícito, vida sin filtro. Ahí aparece Vicente, un jubilado de 76 años que ha dejado atrás Donostia, su mujer, su hija, toda una existencia construida sobre el disimulo. Jose Ramon Soroiz le da cuerpo a ese hombre que ha tardado décadas en permitirse ser quien es. La isla es su refugio y su verdad.
Esa primera mitad tiene ritmo, color, discoteca, matorrales. Vibra. Hasta que un ictus lo corta todo de golpe y el título aparece en pantalla. A partir de ahí, la película cambia de piel. Vicente acaba en una residencia de ancianos en San Sebastián, justo cuando arranca la pandemia. Del sol canario a las paredes blancas. De la libertad al horario de medicación.
El contraste es deliberado y funciona. Goenaga y Arregi construyen la segunda parte con otro tempo: diálogos pausados, miradas que dicen más que las palabras, una puesta en escena sobria que aplasta. Vicente ya no puede esconderse en Maspalomas, pero tampoco puede mostrarse en la residencia. Algo tan básico como mirar porno en su propia cama se convierte en un problema. La intimidad, esa que nadie cuestiona en un hombre heterosexual de su edad, a él se la niegan.
Kandido Uranga aparece como contrapunto necesario. Su personaje conecta con Vicente en una relación que oscila entre la comedia y el drama, entre la complicidad y la fragilidad. Hay una escena con la psicóloga del centro que resume toda la película: le recomienda a Vicente «no incomodar a los demás». Ahí está el viejo «no preguntes, no cuentes» disfrazado de protocolo sanitario. La hipocresía institucional en una sola frase.
El guion de Goenaga plantea una paradoja que duele. Vicente salió del armario para acabar metido en otro. Uno con normas de residencia, con compañeros de pasillo que no entienden, con un sistema que gestiona la vejez como si los deseos caducaran con la jubilación. La película dice que no. Y lo dice con una frase de cierre que se queda clavada: «Los deseos no envejecen casi nunca con la edad».
No todo encaja igual de bien. La trama familiar de Vicente —la hija, la distancia, los reproches— se queda en un terreno más convencional, menos afilado que el resto. Son los momentos donde la película pierde algo de la fuerza que tiene cuando se centra en lo que realmente le importa contar.
El desenlace recupera el recuerdo de la isla. El mar, los colores, la música de Franco Battiato cerrando el círculo. Es un final que no resuelve, sino que ilumina. Vicente no gana ninguna batalla, pero tampoco la pierde. Simplemente existió. Y eso, en una sociedad que prefiere no mirar, ya es bastante.
‘Maspalomas’ no es una película cómoda. No pretende serlo. Lo que hace Moriarti es poner la cámara donde casi nadie la pone: en el deseo de un hombre de 76 años que solo quiere vivir sin pedir perdón por ello. Eso, hoy, sigue siendo territorio incómodo. Y por eso merece la pena verla.



