‘La invitación’: cuatro actores, un apartamento y una crisis que se destapa a fuego lento

Olivia Wilde dirige y protagoniza ‘La invitación’, adaptación de la película española ‘Sentimental’ de Cesc Gay, con Seth Rogen, Penélope Cruz y Edward Norton encerrados en un apartamento donde dos matrimonios se desnudan emocionalmente sin salir de la mesa.

El punto de partida es conocido para quien haya visto la original o la obra de teatro ‘Los vecinos de arriba’ de la que todo nace. Una pareja en crisis recibe en su casa a los vecinos de arriba. Lo que empieza como una cena educada termina convertido en un campo de minas emocional. Nada nuevo sobre el papel. Lo que importa es cómo se ejecuta.

Y aquí la ejecución funciona. Wilde se reserva el papel de esposa controladora, obsesionada con cada detalle, incapaz de soltar el volante ni en su propia casa. Rogen carga con la frustración del marido agotado, ese hombre que ya no discute para ganar sino para sobrevivir. Al otro lado de la mesa, Cruz es un alma libre que dice lo que piensa sin calcular el impacto, y Norton compone a un tipo golpeado por la vida pero decidido a exprimir lo que le quede. Cuatro registros distintos que encajan como engranajes.

Lo interesante es que Cruz y Norton no funcionan como espejo de la pareja anfitriona. Son justo lo contrario. Química, respeto, admiración mutua. Todo lo que a Wilde y Rogen les falta. Y esa diferencia no se subraya con diálogos explicativos, sino que se va filtrando en cada intercambio, en cada mirada de juicio que los anfitriones lanzan sin disimulo.

La gran sorpresa está en la dirección. Una película rodada casi íntegramente en un apartamento tiene todas las papeletas para parecer teatro filmado. ‘La invitación’ esquiva esa trampa. Wilde mueve la cámara con intención. Cuando Rogen estalla, el encuadre lo atrapa desde el cuello hacia arriba, con luz en contrapicado que amplifica la ira. Cuando hay complicidad entre las parejas, la cámara los observa desde la ventana, como si espiara un momento íntimo. No hay plano contraplano básico. Hay composición, movimiento, decisiones visuales que convierten un espacio cerrado en algo que respira.

El tránsito entre drama y comedia es otro acierto. Los cuatro actores manejan ese registro con soltura, y los diálogos —que son el esqueleto de toda la película— no pesan. No aburren. Hay réplicas que cortan y otras que arrancan la risa nerviosa de quien se reconoce en lo que está viendo.

‘La invitación’ no busca el espectáculo. No lo necesita. Es una película que confía en sus intérpretes, en sus diálogos y en una cámara que sabe dónde ponerse. Para quien prefiera ver a cuatro actores de este calibre midiendo fuerzas en un salón antes que una persecución con explosiones, aquí hay una cena a la que merece la pena sentarse.

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