La segunda película de Mascha Schilinski llega a Filmin como un largo sueño del que cuesta despertar. 150 minutos de cámara inquieta, voces fantasmales y un siglo de muertes extrañas en una aldea alemana. No es cine fácil. Tampoco pretende serlo.

‘El sonido de la caída’ (‘Sound of Falling’ / ‘In die Sonne schauen’) recorre cuatro generaciones de mujeres en una misma casa y un mismo pueblo de lo que fue Alemania del Este. Desde principios del siglo XX hasta el presente. Cuatro épocas, cuatro protagonistas, un hilo invisible que las conecta más allá de lo terrenal.
La cámara no para. Nunca. Sobrevuela la aldea, se cuela por cerraduras, espía a sus personajes como si quien filmara ya estuviera muerta. El referente más obvio es Terrence Malick, pero en su versión más tenebrosa. Aquí no hay campos de trigo bañados en luz dorada. Hay un niño al que le amputan una pierna. Una niña que se ahoga. Otra que se lanza desde lo alto de un pajonal. Moscas sobre un cadáver al que le cosen los ojos.
Schilinski no busca que entiendas la historia en términos convencionales. Busca que la sientas. Los diálogos son escasos; las voces en off se superponen como capas de memoria. La narración salta de una época a otra sin previo aviso, generando una confusión cronológica deliberada que favorece el clima por encima de la trama. Es más viñeta que relato. Más sensación que argumento.
Las cuatro mujeres anclan el recorrido. Alma, rubia y de ojos grandes, habita la etapa más antigua. Erika nos sitúa en los años cuarenta, en pleno horror histórico. Angelika, ya en los setenta y ochenta de la Alemania Oriental, arrastra tensiones sexuales con un primo y un tío. Y Lenka, en el presente, se enamora de una chica que tiene la costumbre de desaparecer. Los hombres apenas existen aquí. El relato es suyo, de ellas, de principio a fin.
El cambio de formatos fílmicos según la época es un acierto que también tiene su reverso. La acrobacia visual resulta por momentos agotadora. Hay tramos en los que la película se acerca peligrosamente al videoclip pesadillesco, con ecos de David Lynch en lo musical y de Michael Haneke en lo rural y lo siniestro —la sombra de ‘La cinta blanca’ planea sobre más de una secuencia—. 150 minutos son muchos para sostener un tono que renuncia a la lógica causa-consecuencia. Y Schilinski lo sabe, pero no cede.
Lo que queda es una película visualmente hermosa y dramáticamente perversa. Una obra que parece narrada por fantasmas, donde los momentos de ternura quedan devorados por un aura fúnebre que lo impregna todo. Sus protagonistas tienen instantes de placer, de risa, de deseo. Pero están condenadas. A morir de formas extrañas, a perderse sin explicación, a flotar por los aires y reencontrarse en un lugar que ya no pertenece a este mundo.
No es una película para todos. Es una película para los que disfrutan perdiéndose dentro de una imagen y dejando que el cine funcione como lo hace un sueño: sin pedir permiso y sin dar explicaciones. Ya disponible en Filmin desde hoy, 13 de agosto.



