‘El final de Oak Street’: Mitchell vuelve con su película más spielbergiana

David Robert Mitchell llevaba casi una década sin ponerse detrás de una cámara. Su regreso llega con dinosaurios en el patio trasero, Anne Hathaway y Ewan McGregor como pareja rota, y una devoción por Steven Spielberg que rezuma en cada plano.

Lo fácil sería despachar ‘El final de Oak Street’ como un ejercicio de nostalgia. Un homenaje al cine de monstruos, a la serie B de los cincuenta, a la Amblin de los ochenta. Y sí, todo eso está ahí. Pero quedarse en la etiqueta es no ver lo que Mitchell ha construido por debajo. Porque lo que hace esta película es usar el dinosaurio como excusa para hablar de otra cosa. De una pareja que se desmorona. De un vecindario que esconde su propia extinción bajo la superficie de los setos bien podados. Eso ya lo hacían Jack Arnold o Edgar G. Ulmer con el macartismo. Mitchell lo hace con la fragilidad doméstica.

La primera mitad funciona como un reloj. Un perro que ladra sin razón. Una planta que aparece de la nada en el jardín. David Robert Mitchell siempre ha sabido filmar la calma que precede al desastre, y aquí afina ese instinto con una paciencia que recuerda tanto a Hitchcock como a Lynch. La inquietud no viene de lo que se ve, sino de lo que se intuye. Y cuando el caos llega, no arrasa solo el paisaje: arrasa la relación entre los dos protagonistas.

Hathaway y McGregor sostienen el peso emocional con un trabajo que convence. Sus carencias, sus frustraciones, todo sale a flote cuando la supervivencia deja de ser metáfora y se vuelve literal. Mitchell rueda esas tensiones con un dominio del encuadre y la escala que impresiona. Planos que separan a los personajes dentro del mismo fotograma. Composiciones que dicen más que los diálogos. La banda sonora de Michael Giacchino, inevitable heredera del ADN de John Williams, hace el resto.

Y aquí viene la paradoja. Esta es, probablemente, la película más funcional de Mitchell. La menos arriesgada. No tiene la crudeza de ‘It Follows’ ni el delirio paranoico de ‘Lo que esconde Silver Lake’. Hay lugares comunes. Hay directrices que se sienten impuestas. Pero precisamente por eso sorprende lo bien que fluye. El ritmo y el montaje están trabajados con una precisión que disimula la sencillez del armazón. No le falta ni le sobra un minuto. Eso, en una película de monstruos en 2026, es casi un milagro.

Lo más interesante es lo que ‘El final de Oak Street’ propone sin subrayar. Un cine de catástrofes que no necesita ser grandilocuente para ser político. Que se interroga sobre la destrucción de las sociedades modernas desde la fantasía, sin panfletos ni discursos. Mitchell invierte los papeles: coloca a la humanidad fuera de su tiempo y de su posición para que veamos el caos que ya teníamos antes de que llegara ningún dinosaurio. Como hacía Eugène Lourié en ‘El monstruo de los tiempos remotos’, pero con la mirada de alguien que ha crecido viendo a Spielberg y no se avergüenza de decirlo.

Mitchell no ofrece explicaciones. No cierra puertas. Lleva toda su carrera negándose a dar respuestas limpias y aquí tampoco lo hace. ‘El final de Oak Street’ es una carta de amor al género escrita por alguien que entiende que imaginar no necesita justificación. Solo entusiasmo. Y ganas de meter un dinosaurio en el vecindario para ver qué pasa con todo lo demás.

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