‘El final de Oak Street’: Mitchell se rinde a Spielberg y pierde lo que le hacía único

David Robert Mitchell estrena su tercera película y lo hace convertido en otro cineasta. El director de ‘It Follows’ deja atrás su universo más salvaje para firmar un homenaje spielbergiano ambientado en 1982 que se ve con facilidad pero se olvida con la misma rapidez.

El planteamiento tiene su gracia. Una familia de suburbio americano que se desmorona por dentro —paro, deseo agotado, fe perdida— mientras los dinosaurios irrumpen en el barrio a través de agujeros de gusano y fiebre por Carl Sagan. Dos apocalipsis simultáneos: el del matrimonio y el del jurásico. Sobre el papel, un cruce estimulante. En pantalla, algo más tibio.

Anne Hathaway y Ewan McGregor sostienen a una pareja que finge normalidad en sus últimos días juntos. Maisy Stella y Christian Convery completan el núcleo familiar. El reparto cumple, pero Mitchell no les da demasiado material con el que brillar más allá de la función narrativa que ocupan.

Hay momentos de tensión bien manejados. Mitchell sabe mover la cámara y dosificar el espectáculo. Recurre al split diopter —ese truco óptico que permite dos enfoques simultáneos en el mismo plano, tan asociado a Brian de Palma y al propio Spielberg en ‘Tiburón’— y lo extiende a lo largo de una secuencia íntima con los cuatro miembros de la familia. La idea es clara: están juntos en el encuadre pero separados emocionalmente. Funciona como recurso técnico. Como emoción, se queda a medio camino.

La escena más arriesgada de la película muestra a dos dinosaurios copulando como contrapunto al desamor de la pareja protagonista. Es la única imagen que se acerca a la audacia que Mitchell exhibía antes. El resto del metraje se mueve por territorio conocido: críos en bicicleta, zonas residenciales, familias que se resquebrajan pero se resisten a caer del todo. El catálogo completo del spielbergismo, ejecutado con oficio pero sin la chispa que lo justifique.

Y ahí está el problema. En ‘It Follows’, Mitchell era un nuevo John Carpenter para la era del terror elevado. En ‘Lo que esconde Silver Lake’, se pasó de frenada lisérgica, sí, pero había un cineasta con hambre de contar las cosas de otro modo. Alguien que había absorbido el cine clásico y lo devolvía retorcido, inquietante, hipnótico. En ‘El final de Oak Street’ ese cineasta ha desaparecido. Lo que queda es un profesional competente que ha decidido jugar en el campo de sus ídolos en lugar de labrar el suyo propio.

La película dura 100 minutos y se estrenó el 14 de agosto. Se deja ver. No molesta. Pero tampoco deja huella. Ni una secuencia concreta que se quede girando en la cabeza al salir de la sala. Mitchell ha cambiado lo extraño por lo confortable, y lo fascinante por lo correcto. Mal negocio.

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