La obra maestra de Narciso Ibáñez Serrador cumple medio siglo. Y su aniversario llega en un momento en el que el cine de terror vuelve a funcionar como válvula de escape colectiva, exactamente igual que en la España que rodeaba a Franco moribundo.

Hay algo que distingue a ‘¿Quién puede matar a un niño?’ de casi todo el cine de género de su época. No necesita oscuridad. No necesita niebla ni castillos. Rodada en Ciruelos, Sitges, Almuñécar y Menorca, la película planta su horror a pleno sol, en playas abarrotadas, terrazas con familias y cielos de azul brutal. Como señala el investigador Guillermo González Hernández, «es un paisaje muy reconocible y eso impacta mucho». Su propio padre, al verla, soltó una frase que lo resume todo: «¡Ese puede ser mi pueblo!».
Tom y Evelyn, interpretados por Lewis Fiander y Prunella Ransome, son turistas que buscan tranquilidad en una isla cercana a la costa. Lo que encuentran es otra cosa. La música hipnótica de Waldo de los Ríos los acompaña primero por un costumbrismo veraniego reconocible y después los arrastra a un territorio donde lo cotidiano se pudre por dentro. Un vaso de vino tinto y un bocadillo de morcilla de sangre como decorado del espanto.
Lo que Ibáñez Serrador hizo fue algo que González define con precisión: «Traer el terror a casa». La película, según el análisis de Samuel Steinberg en Franco’s Kids, funciona como alegoría de una España atrapada entre la imagen de postal que vendía al exterior y la violencia real que latía debajo. En 1976, la idea de una transición pacífica era poco más que un deseo lejano. El miedo a una nueva ola de sangre convivía con la esperanza democrática. Esa tensión está en cada fotograma.
En España la acogida fue desigual. En Italia, superó en taquilla al mismísimo ‘Tiburón’ de Spielberg. Fuera se entendió algo que aquí costó más digerir.
Pero ‘¿Quién puede matar a un niño?’ no surgió en el vacío. Fue la guinda de un estallido. Entre el tardofranquismo y la Transición se rodaron casi 200 películas de terror en España. Muchas salieron de Profilmes, la productora barcelonesa que la crítica Desirée de Fez y el historiador Javier Pulido sitúan como la Hammer española. Bajo la dirección de José Antonio Pérez Giner, Profilmes reorientó su catálogo tras quedarse sin subvenciones por el escándalo Matesa: abandonó el cine de autor y abrazó el género con una doble versión de cada película. Una internacional con desnudos explícitos. Otra nacional, recortada para esquivar la censura franquista.
El resultado fue un torrente de vísceras, sangre y sexo en pantalla. Paul Naschy, nombre artístico del actor y director Jacinto Molina, lo explicó con una claridad que desarma: «Cuando pegabas un hachazo a una cabeza, lo que estabas haciendo era en realidad romper un sistema que te había provocado una gran frustración inconsciente». Aquellas películas reunieron a Carmen Sevilla, Bárbara Rey, Eusebio Poncela o Vicente Parra junto a figuras como Peter Cushing, Christopher Lee, Klaus Kinski y Anita Ekberg. Un cruce improbable que dio forma a lo que se conoce como fantaterror, género inaugurado por Jess Franco con ‘Gritos en la noche’ a principios de los sesenta.
Vista desde hoy, cada una de aquellas películas admite una lectura política. ‘La noche de Walpurgis’ como peso del pasado autoritario. ‘Una vela para el diablo’ como retrato del inmovilismo eterno. ‘Ceremonia sangrienta’ como élites que exprimen al pueblo para mantener sus privilegios. Pulido las describe como un «sanguinolento cóctel de violencia y sexo, celebrado y jaleado por los espectadores». Un mecanismo de liberación colectiva disfrazado de serie B.
Cincuenta años después, ‘¿Quién puede matar a un niño?’ sigue funcionando porque su truco es el más difícil de todos: convertir lo familiar en amenaza. No hace falta un castillo en los Cárpatos cuando tienes una cala mediterránea y un grupo de críos que te miran en silencio.


