La película del director checo Ondřej Provazník construye un retrato del abuso sexual a menores hecho casi enteramente de silencios, miradas y gestos apenas esbozados. Cine que hiere sin gritar. Cine que muestra porque sabe que decir no alcanza.

‘El coro de Praga’ parte de un caso real. Entre 1984 y 2004, Bohumil Kulínský, director del coro Bambini di Praga, abusó sexualmente de 49 víctimas. En 2004 fue condenado a cinco años de prisión. La cifra espanta. La condena, más.
Provazník no recrea el caso. Lo estudia, lo disecciona, lo observa con la paciencia fría de un entomólogo. Su película sigue a una joven que se incorpora a una coral formada íntegramente por mujeres jóvenes y adolescentes, dirigidas por un hombre. Durante un retiro en un rincón apartado de montaña, la cámara va desvelando las redes de seducción, dominio y complicidades que sostienen el abuso.
Lo extraordinario es el método. No hay subrayados ni discursos. La película está construida desde lo que se calla, desde lo que el lenguaje no puede nombrar porque está contaminado por las mismas estructuras que denuncia. Provazník parece convencido, como el primer Wittgenstein, de que los límites del lenguaje son los límites del mundo. Y actúa en consecuencia: si las palabras están infectadas, hay que mostrar.
Katerina Falbrová sostiene toda la película con una interpretación que funciona como un sismógrafo. Cada gesto mínimo, cada mirada registra algo que las palabras no podrían atrapar. A su lado, Juraj Loj y Maya Kintera completan un reparto que trabaja en la misma frecuencia contenida.
La fotografía merece párrafo aparte. Mística, arrebatada, solo hiriente cuando tiene que serlo. La imagen se extiende como un puzle de pequeñas humillaciones, de exigencias levemente crueles, de esfuerzos inútiles. Hay ecos de ‘La chica del coro’, de la eslovena Urška Djukić, en la disección del poder dentro de un grupo musical. Y hay momentos donde la recreación levemente irreal de lo turbio trae a la memoria ‘Picnic en Hanging Rock’, de Peter Weir.
Provazník no se hace el interesante, aunque coquetea con ello. Lo que hace es más incómodo: obliga al espectador a mirar donde normalmente se mira de refilón. No hay catarsis fácil ni denuncia con altavoz. Hay 106 minutos de precisión calculada donde cada silencio funciona como una advertencia.
No es verdad que seamos dueños de lo que callamos. El silencio también delata. También esclaviza. Y eso, cuando no se puede decir, hay que filmarlo así.



