‘Una quinta en Portugal’: el luminoso adiós de Manolo Solo esconde un thriller inquietante

El segundo largometraje de Avelina Prat llega a salas tras arrasar en el Festival de Málaga 2025. Un drama intimista sobre identidades prestadas que resulta una rareza bienvenida en el cine español actual.

Hay películas que engañan con su paisaje. ‘Una quinta en Portugal’ abre la puerta de una finca idílica en Ponte do Lima, cerca de Braga, y te invita a sentarte al atardecer con una copa de vino. Todo parece cálido, tranquilo, luminoso. Pero debajo de esa superficie hay algo que raspa. Una suplantación de identidad. Un pasado sin resolver. Un hombre que ha decidido dejar de ser quien era, y la pregunta incómoda de si eso es liberación o cobardía.

Fernando, al que da vida un Manolo Solo inmenso, es profesor de Geografía en Madrid. Un día llega a casa y su mujer, Milena, una inmigrante serbia, se ha marchado sin explicación. La policía le confirma que ha vuelto a su país. Él no va a buscarla. En lugar de eso, viaja a Portugal, donde adopta el nombre de Manuel y se hace pasar por un jardinero fallecido para trabajar en la quinta de Amalia, interpretada por María de Medeiros.

Lo que Prat construye a partir de ahí no es un drama rural al uso. Es cierto que la película se inscribe en esa corriente del cine español reciente —dirigido en buena parte por mujeres— que narra la vida en el campo como refugio frente a la crisis. Pero aquí hay trampas. La nueva vida de Fernando está levantada sobre una mentira, y esa mentira contamina hasta los momentos más apacibles. Las partidas de cartas nocturnas, las charlas al caer la tarde, la amistad con Amalia: todo tiene un fondo turbio que el espectador no puede ignorar.

Manolo Solo lleva la película entera sobre los hombros. Cada gesto suyo transmite un cansancio que no es solo físico, sino existencial. Ver su trabajo aquí, sabiendo que falleció el 30 de julio pasado a los 62 años, añade una capa que no estaba en el guion. Este es uno de sus últimos papeles, y lo borda. María de Medeiros, por su parte, aporta esa luminosidad natural que la ha definido siempre. Su Amalia no es ingenua; simplemente ha elegido confiar. Eso la hace más vulnerable y más interesante.

Prat, que también firma el guion, maneja bien el péndulo entre el drama intimista y el thriller psicológico. La pérdida, el duelo, el desarraigo, la posibilidad de empezar de cero: todo eso está en la película. Pero también la incomodidad de saber que esa segunda oportunidad se ha construido robándole la identidad a un muerto. La directora de ‘Vasil’ demuestra que sabe moverse en terrenos ambiguos sin perder el pulso narrativo. La fotografía de Santiago Racaj acompaña con una belleza que nunca resulta decorativa, y la música de Vincent Barrière sabe cuándo quedarse callada.

¿Es perfecta? No. Hay tramos en los que la película se demora más de lo necesario, y la parte final, donde el pasado regresa, no siempre resuelve con la misma elegancia con la que plantea sus conflictos. Pero ‘Una quinta en Portugal’ no pierde nunca el interés. Ni el encanto. Y eso, en 114 minutos, es mucho más de lo que ofrecen la mayoría de propuestas que pasan por cartelera.

Un film a contracorriente del cine hiperestimulado de hoy. Una rareza que esconde espinas bajo las flores del jardín. Y la despedida de un actor que, hasta el final, supo hacer que cada silencio dijera más que cualquier diálogo.

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