‘Anoche conquisté Tebas’: Gabriel Azorín filma la amistad masculina entre vapor y silencio

La ópera prima de Gabriel Azorín como director llega a las salas tras su paso por el festival de Venecia. Una película construida casi sin acción, casi sin movimiento de cámara, y que sin embargo no se queda quieta ni un segundo.

El punto de partida tiene algo de broma cósmica. Un grupo de amigos acaba de librar una batalla épica en un videojuego inspirado en una guerra de la Antigüedad. Mientras se dirigen a las termas romanas de Bande, a orillas del río Limia —ese río entre el norte de Portugal y el sur de Orense donde, según la mitología clásica, se perdía la memoria—, siguen hablando de su gesta digital. Pero al llegar al agua, al vapor y a la oscuridad de la noche, la conversación muta. Se vuelve otra cosa.

Ahí está el corazón de la película. ‘Anoche conquisté Tebas’ es un retrato de hombres que hablan. Guerreros en calma. Los diálogos saltan del portugués al gallego y, finalmente, al latín. La mezcla de idiomas no es un capricho: genera una musicalidad que se funde con el murmullo del agua hasta que todo suena como un mismo río. Azorín confía en el magnetismo de esa oralidad y acierta.

Lo que ocurre entre esos hombres —Santiago Mateus, Antonio Gouveia, Oussama Asfaraah, Pavle Cemerikic— es un lento despojarse de armaduras. No las del videojuego, sino las propias. Las conversaciones arrancan en lo banal y terminan dejando la piel al aire, con todas sus heridas visibles. El símbolo de las termas funciona como vaso comunicante donde cabe la historia antigua, la amistad y el propio cine.

La película está construida con muy pocos planos fijos y un plano aéreo al inicio que resulta sorprendente. Introduce a esos guerreros digitales en unas termas romanas de otro tiempo con una limpieza que dice mucho de las intenciones de Azorín. No hay trampa. No hay artificio. La fuente de El País traza una línea directa con ‘Old Joy’ de Kelly Reichardt y con aquella secuencia de ‘Dos cabalgan juntos’ en la que John Ford sentó a James Stewart y Richard Widmark a la orilla de un río durante casi cuatro minutos, solo para que hablasen. Esa genealogía no es decorativa: sitúa a Azorín en un territorio preciso, el del silencio masculino que necesita agua cerca para romperse.

Arriesgada y modesta. Así se presenta una ópera prima de 112 minutos sin una sola escena de acción, donde la aparente banalidad de las conversaciones se va diluyendo con el agua hasta que lo que queda es un retrato de camaradería y emoción pudorosa poco común. Azorín no levanta la voz. No la necesita. El vapor hace el resto.

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