‘Dulce sabor a muerte’: Eli Roth entrega un slasher tan gamberro como vacío

Eli Roth vuelve a las salas el 4 de septiembre con ‘Dulce sabor a muerte’, un slasher de heladeros asesinos y niños poseídos que funciona a ratos como broma sangrienta pero que se queda sin combustible mucho antes de llegar a los créditos.

La premisa tiene lo justo para enganchar. Un pueblecito en los últimos días de curso, una furgoneta de helados con sabores exóticos y un heladero que congela la sangre. Los chavales que prueban sus productos empiezan a comportarse como zombis obedientes, hipnotizados por una serie de dibujos animados y una cancioncilla pegajosa que precede a la carnicería. El único que se libra es Jared, un crío con intolerancia a la lactosa. Él y un puñado de supervivientes tendrán que desenterrar un episodio oscuro de la historia local para frenar la masacre.

El punto de partida es un relato del propio Eli Roth y las referencias no se esconden: ‘¿Quién puede matar a un niño?’ de Chicho Ibáñez Serrador, ‘Los pájaros’, ‘Black Phone’, ‘Weapons’ e incluso una sombra de ‘Terrifier’. Ninguna de esas influencias cuaja en algo con personalidad propia. La película las cita, las mezcla y las deja ahí, como ingredientes sueltos en una batidora que nadie termina de encender.

Hay que ser honesto: algunas muertes tienen gracia. Son brutales, ingeniosas y lo bastante absurdas como para arrancarte una carcajada. La decapitación, por ejemplo, funciona precisamente porque apuesta por el maquillaje artesanal y los efectos prácticos. Ahí se nota oficio. El problema es que esos destellos no sostienen una película entera.

Y luego está lo de la inteligencia artificial. Roth había vendido el proyecto como una apuesta por lo artesanal, por los protésicos y el trabajo manual. Pero en momentos puntuales —la avalancha infantil desde el columpio es el caso más evidente— aparece una IA tan cantosa que rompe cualquier ilusión. En lugar de sumar, resta. Es contradictorio y decepcionante, más aún cuando se descubrió que las declaraciones iniciales sobre el trabajo exclusivamente humano no fueron del todo ciertas. Las secuencias animadas al estilo de los años veinte, con un humor negro que compite con Rasca y Pica, funcionan mejor con esa herramienta, pero no compensan el trampantojo.

El tramo final hunde lo poco que la película había construido. La redundancia se vuelve insoportable. Hay un límite a cuántas veces puedes ver purpurina asesina antes de que el chiste deje de tener gracia. Las explicaciones se amontonan, se repiten y drenan cualquier diversión que quedase. Para cuando llegan los créditos, la trama llevaba ya un buen rato agotada.

La falta de presupuesto se nota desde el primer acto. La puesta en escena es precaria y muchos de los niños que aparecen en pantalla ofrecen interpretaciones claramente no profesionales. Eso puede funcionar en cierto cine de guerrilla, pero aquí solo añade torpeza a un conjunto que ya cojea.

‘Dulce sabor a muerte’ —menos obvia con su título original, ‘Ice Cream Man’— sabe lo que quiere ser: una gamberrada sangrienta y conscientemente boba. Esa es su mejor virtud y su mayor limitación. Porque ser burra a propósito no basta si no hay debajo ni un susto real ni un humor que aguante más de tres escenas seguidas. Eli Roth ha hecho cine con menos medios y más mala leche. Aquí el sirope corre a litros, pero el sabor se olvida antes de salir de la sala.

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