Gabriel Azorín firma una película fuera del tiempo. ‘Anoche conquisté Tebas’ cruza la Roma imperial con el presente en las termas de Bande, Orense, y el resultado es un prodigio inclasificable de 112 minutos.

Lo primero que hay que decir es que esto no se parece a nada. O se parece a todo lo que el cine actual ha decidido ignorar. Gabriel Azorín construye una película que vive entera en la palabra, en la conversación, en lo que se dice a media voz dentro de unos cubículos termales que funcionan a la vez como bañeras y como sarcófagos. Una película contra las normas y contra la etiqueta.
La premisa es doble y simultánea. Dos legionarios romanos rememoran su última batalla en una tarde de invierno. El agua caliente los ablanda. Lo que arranca como charla ruda de veteranos se convierte en confesión bajo las estrellas: el miedo a perder al mejor amigo, los deseos que no se dijeron, las renuncias que pesan. A su lado, separados por siglos que apenas son un instante, unos jóvenes portugueses contemporáneos se cuentan exactamente lo mismo. Mismo lugar. Misma agua. Mismos abismos.
Todo sucede sin rupturas. Sin falsos decorados. Sin efectos que marquen el salto temporal. Solo la noche, el agua, las estrellas y una sensación detenida del tiempo que es, en realidad, la tesis del film: el tiempo no forma parte de la vida, sino que la vida adquiere su condición de tal gracias al tiempo. Todo al revés.
Azorín, que cita antes a Margarida Cordeiro y António Reis que a cualquier nombre del circuito festival europeo, ha rodado en su mayor parte en la oscuridad. Cine de luz entregado a desvelar misterios y silencios, pero filmado en lo profundo de una noche plagada de estrellas. Cine épico, casi peplum, pero solo atento a los gestos íntimos. Y en latín. El latín escolar del rosa rosae que aquí se transforma en lengua natural de la plegaria y la confesión.
Santiago Mateus, Antonio Gouveia y Oussama Asfaraah sostienen esa dualidad con cuerpo y voz. No son actores que interpretan a romanos disfrazados. Son presencias que habitan un espacio fuera de coordenadas, donde lo antiguo y lo contemporáneo se funden sin costuras.
‘Anoche conquisté Tebas’ nada a contracorriente del cine que ahora pasa por nuevo, ese que sacrifica los diálogos en el altar del verismo. Aquí no. Aquí se habla. Se habla mucho. Y lo que se dice importa tanto como lo que la cámara habitualmente desprecia: la textura del agua, el vapor que sube, la piedra que lleva siglos en el mismo sitio. Es una película que exige entrega, que no ofrece atajos ni concesiones al ritmo que dictan las plataformas.
Hay algo irónica y líricamente monstruoso en lo que propone Azorín. Un peplum sin batallas. Una épica sin espadas. Un viaje en el tiempo sin máquina. Solo cuerpos sumergidos en agua caliente y palabras que pesan como piedras romanas. El más bello de los monstruos prodigiosos.



