‘Búnker’: Bardem y Cruz rescatan una película ahogada en sus propias metáforas

Florian Zeller lleva ‘Búnker’ al Festival de Venecia con Javier Bardem y Penélope Cruz como pareja protagonista, y el resultado es un tira y afloja entre dos interpretaciones descomunales y un guion que no confía en su público.

El director de ‘El padre’ y ‘El hijo’ tiene una virtud que aquí se convierte en trampa: la claridad. Zeller dice lo que quiere decir. Lo dice bien. Y luego lo repite. Y después lo subraya. Y por si acaso, lo vuelve a repetir con otra metáfora encima. La película arranca con un golpeteo sordo y un muro de jardín que cede. Ya sabemos de qué va esto. El problema es que la película se pasa dos horas asegurándose de que no se nos olvide.

La historia sitúa a una pareja española en Londres. Él, arquitecto reconocido. Ella, editora. Viven con la comodidad de quienes pueden permitírsela hasta que dos cosas revientan la calma. Un vecino abre una ventana que da a su jardín. Un oligarca tecnológico encarga al personaje de Bardem un búnker para sobrevivir al apocalipsis. La ventana y el búnker. Miedo, inseguridad, aislamiento, desigualdad. Todo está ahí. Todo está dicho. Y todo se dice demasiadas veces.

Lo que salva ‘Búnker’ es lo que siempre salva una película cuando el guion se empeña en estorbar: los actores. Bardem y Cruz encuentran aristas donde el texto ofrece eslóganes. Buscan matices donde la dirección ilumina de frente. Cada frase que el guion entrega como consigna, ellos la llevan un paso más allá. Y así, lo que sobre el papel es un arquitecto a punto de venderse al mejor postor y una mujer reclamando su sitio en una pareja que solo gira alrededor de él va ganando peso real.

Es al menos la cuarta vez que la pareja mezcla realidad y ficción en pantalla. Antes lo hicieron con Bigas Luna en ‘Jamón, jamón’, con Woody Allen en ‘Vicky Cristina Barcelona’ y con Asghar Farhadi en ‘Todos lo saben’. Siempre con directores de fuera. Ahora le toca al dramaturgo y cineasta francés. El juego funciona especialmente en un diálogo casi al final que arranca como pelea doméstica por unos celos y se transforma en algo más grande: una radiografía de la vida en pareja con la contundencia de lo que no necesita adornos para doler.

Ahí está la paradoja de ‘Búnker’. Cuando calla, es tremenda. Cuando habla, no para. Zeller sabe filmar, sabe medir el ritmo de un drama y sabe dirigir actores. Pero no se fía del silencio ni del espectador. Cada metáfora pide otra metáfora. Cada imagen necesita un diálogo que la explique. Y lo que podría haber sido una película sobre el perdón, el miedo y la persistencia del amor acaba convertida en un ejercicio donde las ideas importan más que las personas. Menos mal que Bardem y Cruz son más grandes que el subrayado.

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