‘Seize moments de ma vie’: Albert Serra filma el éxtasis y lo convierte en epitafio

Albert Serra ha presentado ‘Seize moments de ma vie’ fuera de competición en Locarno y en la sección Made in Spain del Zinemaldia. La película registra el encuentro escénico entre la actriz y cantante Ingrid Caven y el ensamble bañolense de improvisación experimental Molforts, grabado el 22 de febrero de 2025 en el parisino Théâtre des Bouffes du Nord.

No es un concierto filmado. Es Serra haciendo lo que mejor sabe hacer: plantar la cámara delante de algo vivo y dejar que la imagen devore todo lo demás. Su director de fotografía de confianza, Artur Tort, construye un espacio visual donde el humo, el rojo y la distorsión de las cuerdas crean una atmósfera que pide a gritos la palabra «lynchiana», aunque lo que ocurre en ese escenario es otra cosa. Algo más ritual. Más cabaretero. Más raro.

Caven canta en francés, en alemán, en italiano. Las letras invocan a Goethe, rozan los fantasmas del nacionalsocialismo, entonan sermones en latín. Se cuela un villancico. Se rescata la Heidschi-Bumbeidschi de Peter Alexander. Dieciséis pistas que funcionan como capítulos de una biblia sin dios, separadas por aplausos de adoración que sirven de transición ambiental. Marc Verdaguer, miembro de Molforts y colaborador musical habitual de Serra, sostiene con el grupo ese sonido sintético que lo envuelve todo.

Lo que define la película es la mirada. Serra observa a Caven con una frontalidad casi tímida, respetuosa, y al mismo tiempo completamente rendida. No interviene. No manipula. Deja que la cámara se ensimisme ante una mujer que pasa de lo teatral a lo compungido, de lo fulgurante a lo hastiado, sin pedir permiso. Hay algo de furtivo en esa forma de filmar: el ojo que espera, el anzuelo que no se mueve.

El interés de Serra por lo musical no es nuevo. Ya en su cortometraje ‘Cubalibre’ filmaba con deleite los poros transpirados del músico Xavier Gratacós mientras rendía homenaje en forma de karaoke a Günther Kaufmann, actor insignia de Fassbinder. Aquí la apuesta es más radical. No hay narrativa convencional. Lo que hay es una captura de algo irrepetible: una performer desgarrada, una banda que improvisa desde lo nublado y un cineasta que sabe que de ese choque puede brotar cine en estado puro.

El final lo dice todo. Entre bravos y vítores, Caven sale por un extremo de la tarima. Una puerta se cierra. Pero vuelve. Se acerca al proscenio, presenta a la banda. Serra aparece para entregarle un ramo de flores. Y con ese gesto rompe la ficción, nos recuerda que todo lo que hemos visto tenía un principio y tiene un final. Que es finito. Que esa es precisamente la razón por la que importa.

‘Seize moments de ma vie’ no pide que la entiendas. Pide que te quedes quieto mientras algo arde despacio delante de ti. Y en ese acto de contemplación, Serra encuentra lo que lleva años buscando: un amor que no necesita explicarse.

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