‘Pedro en el país’: memoria viva del peronismo revolucionario en San Sebastián

María Alché y Benjamín Naishtat, la dupla detrás de ‘Puan’, presentan en la sección Zabaltegi Tabakalera del Festival de San Sebastián un documental de 61 minutos que convierte el testimonio de un solo hombre en una crónica desgarradora de la lucha revolucionaria argentina.

Ese hombre es Pedro Catella, hijo de Alicia Eguren y ahijado de John William Cooke, dos figuras míticas del peronismo de izquierda. Ambos murieron jóvenes. A ella la secuestraron en enero de 1977 y se cree que su cuerpo fue arrojado al Río de la Plata en un vuelo de la muerte. Él se fue de cáncer en 1968, con 48 años. Lo que queda es el relato de Pedro, que lleva décadas viviendo en Ciudad de México y que aquí abre la puerta de su memoria sin filtros.

Los directores viajan hasta allí para entrevistarlo, pero antes colocan un doble prólogo inteligente. Imágenes de archivo del México de 1968, preparándose para unos Juegos Olímpicos cuya Villa acabaría convertida en refugio para miles de exiliados latinoamericanos. Y las cartas que Eguren y Cooke se cruzaron desde distintas cárceles entre 1955 y 1957, leídas por Lucía Arduriz y Mariano Llinás. Contexto puro. Y necesario.

Después, la película se desnuda. Es Pedro hablando. Los cineastas no aparecen en pantalla, apenas dejan alguna pregunta suelta. Y lo que sale es un torrente. El niño de nueve años que transportaba documentos secretos de la resistencia peronista escondidos en su corbata rumbo a Chile. El adolescente de diecisiete convertido en tirador de élite. Las idas al hipódromo de Maroñas con Cooke, que apostaba el dinero ganado al póker. Las salidas al cine —el padrastro odiaba a Bergman y adoraba los westerns de Gary Cooper y John Wayne— y las cenas en el Palacio de la Papa Frita. Todo convive en el mismo testimonio: lo épico y lo doméstico, la revolución y la ruleta.

Hay momentos que cortan. El fusilamiento del Che y su impacto directo en la familia. La depresión de Alicia tras la muerte de Cooke, encerrada más de un año hasta que el Cordobazo la devolvió a la vida. El surgimiento de la Triple A, que su madre anticipó mucho antes de que alcanzara su peor momento. Y el error fatal de Eguren que precedió a su desaparición. Pedro oscila entre la admiración, la bronca y un resentimiento que no disimula —es particularmente duro cuando habla de su regreso a la Argentina en 1984 con el alfonsinismo en el poder—.

Alché y Naishtat eligen una puesta en escena austera, casi ascética. Poco material de archivo, aunque el que aparece tiene fuerza. Uno echa de menos más imágenes de aquellas épocas, pero la decisión es coherente: aquí importa la palabra. La cámara observa detalles mínimos, como las piernas de Catella en permanente movimiento nervioso, y deja que el peso recaiga en lo que este hombre tiene que decir. Que es mucho.

Lo que cuenta Pedro sobre la relación de Eguren y Cooke con Perón dibuja con claridad el zigzagueo del líder justicialista, desactivando cualquier salida revolucionaria mientras mantenía las formas. Es historia política contada desde la cocina, desde quien la vivió sin el escudo de la distancia académica.

En apenas 61 minutos, ‘Pedro en el país’ funciona como acto de memoria y como retrato de alguien que carga con las contradicciones de haber sido testigo de la Historia con mayúsculas sin haber tenido nunca una infancia convencional. Alché y Naishtat no necesitan subrayar nada. Basta con escuchar.

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