Jaime Lorente ha presentado ‘El mal hijo’ en la sección New Directors del Festival de San Sebastián. Su debut como director llega con una película sobre padres, hijos, heridas y adicciones que, según él mismo reconoce, nace de un lugar muy personal.

El actor murciano no aparece delante de la cámara. Ni un segundo. El protagonista es Hugo Arbués, y la historia parte de la novela de Salvador S. Molina: un padre, un hijo abandonado y todo lo que se rompe entre medias. Adicción, violencia heredada, familia como campo de batalla y como refugio al mismo tiempo. Lorente no ha querido actuar en su propia película. Ha preferido contarla desde el otro lado.
Y lo que cuenta tiene raíces propias. No autobiográficas en lo literal, pero sí en lo vivido. «La adicción como motor de la acción y las erosiones que deja algo así en la familia. Eso me interesa como me interesa el modo de romper con la herencia de una violencia impuesta», ha explicado. «Todo eso lo he vivido en mi proceso vital en un momento de mucha oscuridad».
Lorente ha hablado abiertamente de lo que le pasó cuando la fama le golpeó con poco más de veinte años. Denver en ‘La Casa de Papel’, Nano en ‘Élite’, el Cid, el protagonista de ‘Cristo y Rey’. Papeles enormes que le tragaron. «Sentí que no era nadie, que mi identidad se diluía. Me metí en un círculo de autodestrucción fortísimo». Fueron las mujeres de su vida, dice, quienes le sacaron de ahí. «Me enseñaron a quererme, a cuidarme, a ponerme en valor».
De esa experiencia nace una película que él mismo define como sanadora. También como la más honesta que ha hecho. «Si algo es mi película es honesta. Si no te gusta, perfecto, pero nadie va a decir de ella que es un capricho de mierda». La frase suena a alguien que lleva tiempo esperando que le juzguen por algo distinto a lo que ya conocen de él.
Porque el encasillamiento es otro de los temas que atraviesan la conversación. Lorente siente que como actor solo le llaman para repetir lo que ya ha hecho. «En el cine sigue habiendo un condicionamiento brutal y solo te llaman para papeles muy parecidos a los que te han dado a conocer». De ahí, en parte, la necesidad de dirigir. «Acabas por dirigir la película que te hubiese encantado poder interpretar».
Sobre el proceso creativo, Lorente se desmarca de sus referentes directos. Ninguno de los directores con los que ha trabajado le ha inspirado especialmente. Su método es otro: mucho ensayo y olvidarse del resultado. «Odio cuando leo un guion y dice: «Ahora llora». La emoción no puede ser nunca el objetivo, la emoción es algo que surge». Sí admira, en cambio, lo que hace Sorogoyen: «Logra crear un universo donde solo pueden suceder unas cosas determinadas y consigue que todos los actores estén dentro de ese universo. Ahí sí que veo a un autor».
‘El mal hijo’ ha sido descrita como nerviosa, colérica, imperfecta y excesiva. También como brutalmente sincera. Lorente no parece querer pulirla ni pedir perdón por sus defectos. El mayor piropo que le están dando tras los pases en San Sebastián es que nadie esperaba algo así de él. Lo cual, si se piensa bien, dice tanto de la película como de lo poco que el cine español le había exigido hasta ahora.



