La nueva película de Pep Garrido llega hoy a los cines con una propuesta que exige algo cada vez más raro: pararse. Adaptación de la novela de Nùria Àlbo, ‘Tanit’ se mete en los bosques de Montseny para contar el miedo a crecer a través de los ojos de una niña que todavía no ha aprendido a conjugar el verbo morir.

Y lo hace despacio. Muy despacio. La película respira al ritmo del bosque, no al del espectador. Los diálogos son mínimos, las escenas se alargan, la banda sonora de Clara Peya se reduce a un piano que aparece cuando quiere y se va sin avisar. El resto del tiempo mandan los sonidos del monte. Quien entre en la sala esperando acción va a salir frustrado. Quien entre dispuesto a escuchar, probablemente salga tocado.
Dolça Salvans Portell carga con toda la película sobre los hombros. Tanit es una niña callada, un poco taciturna, que ha perdido a su abuela y que ve con miedo cómo su madre atraviesa un embarazo de riesgo. No para de hacer preguntas que los adultos no saben responder. En una de las primeras escenas le pregunta a su padre si se le ha «morido» alguien en el trabajo. Él corrige la palabra. Ella insiste hasta que consigue la verdad. «¿Ya le tocaba?», remata. Esa escena resume la película entera.
Los padres, interpretados por Sara Espígul y Sergio Caballero, funcionan como el muro contra el que choca la curiosidad de Tanit. Son sanitarios, gente de ciencia, y su duelo aparece en segundo plano, soterrado, casi fuera del encuadre. Porque la cámara no se mueve de la altura de la niña. Todo lo que pasa en el mundo adulto llega filtrado por su mirada. Una decisión de puesta en escena que resulta brillante cuando funciona y algo agotadora cuando el ritmo se estanca.
El quiebre llega con Isabel Rocatti como La Perona, la supuesta bruja del pueblo. Donde los padres ofrecen respuestas racionales que no consuelan, La Perona le abre a Tanit un lenguaje distinto. Plantas medicinales, amarres, rituales. No como superstición oscura, sino como una forma de procesar lo que el vocabulario de una niña no alcanza a nombrar. Garrido tiene el acierto de no romantizar la pseudociencia ni ridiculizarla. Simplemente la coloca frente a la medicina como dos maneras de mirar el mismo miedo.
Ahí está el corazón de la película. No es casualidad que los padres curen con batas y La Perona cure con hierbas. La tensión entre razón y magia no se resuelve porque no tiene solución. Lo que ‘Tanit’ señala es algo más incómodo: que la verdad, desnuda, da miedo. Que a veces la explicación científica no basta para consolar. Y que hacerse mayor significa, entre otras cosas, aceptar eso.
La emocionalidad se construye con una paciencia que no todos van a agradecer. La película no llega a las dos horas, pero hay tramos en los que el minimalismo roza la inacción. Sin embargo, cuando estalla —y estalla—, lo hace con una fuerza que justifica la espera. Escenas cotidianas como una verbena de pueblo o un juego entre amigos adquieren una dimensión casi fantástica al pasar por los ojos de Tanit. Esa doble lectura constante entre lo que la niña ve y lo que el espectador entiende es el mejor hallazgo narrativo del filme.
«No me da la gana hacerme mayor», grita Tanit en uno de los momentos más potentes. Porque crecer es aceptar el sinsentido. Y a veces, todos necesitamos algo de magia para soportarlo. Garrido ha rodado una película que no tiene prisa por llegar a ningún sitio, y precisamente por eso llega donde tiene que llegar.



