‘Minotauro’: Zvyagintsev vuelve del abismo para retratar la podredumbre moral de la Rusia de Putin

Andrey Zvyagintsev ha presentado ‘Minotauro’ en la sección Perlak del Festival de San Sebastián. La película, que ya ganó el Gran Premio del Jurado en Cannes y será la candidata de Francia a los Oscar, es una reescritura de ‘La mujer infiel’ de Chabrol con la Rusia actual como campo de operaciones.

Zvyagintsev estuvo a punto de no volver. Las complicaciones graves de salud que sufrió durante la pandemia de covid casi se lo llevan por delante. Que su regreso sea una película de esta envergadura dice mucho del cineasta. Que haya tenido que rodarla en Letonia porque en su propio país no puede trabajar con libertad dice todavía más.

‘Minotauro’ parte de un esquema conocido. Un empresario ruso adinerado sospecha que su esposa le es infiel. Pero Zvyagintsev no hace cine doméstico. Lo que le interesa es el paralelismo entre lo que se pudre dentro de un matrimonio y lo que se pudre dentro de una nación. El negocio del protagonista se ve sacudido por el reclutamiento forzoso de soldados para la invasión de Ucrania. Por mandato municipal, debe elegir a más de una docena de empleados «prescindibles» para enviarlos al frente. Un detalle que hiela la sangre con la naturalidad con la que se plantea.

La base es ‘La mujer infiel’ (1969) de Claude Chabrol, una de sus canalizaciones más celebradas de Hitchcock. Zvyagintsev la toma como punto de partida y la convierte en otra cosa. La destrucción de la institución familiar, que ya evisceró en ‘Sin amor’ con la desaparición de un hijo, aquí adopta la forma del adulterio que practica la esposa, interpretada por Iris Lebedeva con lo que la fuente describe como «vulnerabilidad escultórica». Su vida es un cúmulo de días encerrada en tareas hogareñas y cosméticas. Su único escape, los encuentros clandestinos con un fotógrafo.

Todo eso es preparación. Zvyagintsev marina la rutina burguesa para que el golpe llegue con más fuerza. Cuando el marido confirma sus sospechas, la película se transforma en un thriller criminal. El asesinato del amante y la torpe limpieza de la escena del crimen tienen el humor perverso de Hitchcock. El desamparo posterior de la mujer ante la desaparición queda retratado con estampas de soledad e incomunicación que remiten directamente a Antonioni.

La cámara de Zvyagintsev y su director de fotografía de siempre, Mikhail Krichman, funciona como una serpiente. Se mueve lenta por los espacios, observa a los personajes como presas. No hay bisturí aquí. Hay constricción. Hay asfixia progresiva.

Y luego está el final. Según lo visto en San Sebastián, ‘Minotauro’ desemboca en el desenlace más frustrante que se recuerda para una investigación policial. La tesis es demoledora: en la Rusia de Putin, si mueves los hilos adecuados, el crimen perfecto no es una fantasía. Es un trámite.

Zvyagintsev lleva dos décadas construyendo un retrato implacable de su país. Desde ‘El regreso’ en 2003 hasta ‘Leviatán’ y ‘Sin amor’, cada película ha sido un paso más en esa dirección. ‘Minotauro’ no rompe con esa línea. La radicaliza. Lo que antes era denuncia velada ahora es frontal: la guerra de Ucrania aparece como telón de fondo operativo, no como metáfora.

Que Francia la presente como su candidata a los Oscar y no Rusia lo dice todo. Zvyagintsev ya no puede filmar en casa. Pero su cine sigue hablando de casa con una lucidez que incomoda. ‘Minotauro’ es la prueba de que estar al borde de la muerte no le ha quitado ni un gramo de mala leche.

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