La nueva adaptación cinematográfica de la novela de Víctor Hugo se ha presentado este sábado en el Festival de San Sebastián. Vincent Lindon da vida a Jean Valjean y Tahar Rahim se mete en la piel de un inspector Javert con más capas de las que el cine le había dado hasta ahora.

Tres horas de metraje. Competición por la Concha de Oro. Y un director, Fred Cavayé, que dice haber encontrado en la novela original lo que ninguna otra versión había tocado. «Había visto las adaptaciones para el cine y para televisión, pero nunca antes había leído la novela y rápidamente me di cuenta de que había múltiples cosas que no se habían adaptado», ha afirmado el responsable de ‘Adiós, Señor Haffman’.
Ahí está la apuesta. No hacer otra adaptación más de ‘Los Miserables’, sino ir directamente a lo que Víctor Hugo escribió y que las anteriores versiones habían dejado fuera. Especialmente en lo que se refiere a Javert. El personaje gana aquí un pasado que explica su obsesión por el orden y la ley, algo que hasta ahora se había quedado en el cajón.
Tahar Rahim, ganador del Premio del Cine Europeo por ‘Un profeta’, lo tiene claro. «Casi lo veo más como un niño herido y abandonado, que ha sido recuperado por un sistema donde la aplicación de la ley para él es una obsesión. Está obsesionado con el orden y con la brutalidad que se deriva de él». Un Javert que no es solo el antagonista implacable de siempre, sino alguien con heridas propias. Eso cambia la película.
Vincent Lindon, con premios en Cannes por ‘La ley del mercado’ y en Venecia por ‘Jugar con fuego’, carga con el peso de Jean Valjean. A su lado, Camille Cottin y Benjamin Lavernhe interpretan al matrimonio Thénardier. Un reparto francés de primer nivel para una historia que Francia lleva siglo y medio reclamando como propia.
La trama sigue el camino conocido. Valjean sale de prisión tras diecinueve años por robar una hogaza de pan, se reinventa bajo una nueva identidad y acoge a la joven Cosette, hija de la desdichada Fantina, rescatándola de los Thénardier. Todo desemboca en la insurrección de junio de 1832 en París. Amor, justicia, perdón. El armazón es el de siempre. Lo que cambia es la profundidad con la que Cavayé dice haber excavado en el texto original.
Preguntado por si las desigualdades que retrató Hugo están más vigentes que nunca, el director ha preferido mirar más allá de la coyuntura. Lo más brillante de la obra, ha dicho, es que «no es maniquea» y resulta atemporal. «Cada época tiene su población explotada, y esas personas, que a veces se comportan mal, son víctimas». Una lectura que aleja la película del panfleto y la acerca a lo que Hugo quiso hacer: un retrato humano sin buenos ni malos absolutos.
‘Los Miserables’ ha tenido decenas de versiones en cine, televisión y teatro. La pregunta siempre es la misma: ¿qué puede aportar una más? Cavayé responde con tres horas, un Javert con pasado y la convicción de que el libro todavía guardaba material sin tocar. San Sebastián ya la ha visto. Ahora falta saber si la Concha de Oro le da la razón.



