Lo nuevo de David Ayer con Brad Pitt llega a San Sebastián con una premisa de supervivencia que promete tensión y un perro que se come la pantalla, pero que tropieza con sus propias decisiones narrativas antes de echar a andar.

‘En el corazón de la bestia’ es el tipo de película que Hollywood produce en serie. Un rostro enorme, un género probado y una fórmula que ya funcionó antes. Metes a un tío duro en un entorno hostil, le pones un compañero con el que el público conecte y dejas que la naturaleza haga el resto. El problema es que aquí la fórmula se ve demasiado. Se huele desde el primer fotograma.
La historia sigue a James Belmont y a su perro Odín, dos veteranos de guerra llenos de cicatrices. Tras un episodio violento que casi les cuesta la vida, ambos se retiran. Se van a las montañas de Alaska a lamerse las heridas lejos del mundo. Un accidente les atrapa y la excursión se convierte en lo mismo que dejaron atrás: sobrevivir.
Y aquí viene la decisión más difícil de defender. Ayer arranca la película por el final. Nos cuenta que Odín ha sobrevivido antes de que hayamos visto un solo peligro en pantalla. La tensión se desinfla en los primeros minutos. En un thriller de supervivencia, eso es un agujero en la línea de flotación. Si ya sabes que el perro sale vivo, ¿dónde queda el miedo?
Lo que queda es una sucesión episódica de problema y solución. Pitt resuelve, avanza, resuelve otra vez. Es entretenido verle moverse, tiene ese magnetismo que no se discute, pero no es suficiente para sostener una película entera. Falta incertidumbre. Falta que algo duela de verdad.
Lo mejor del filme tiene cuatro patas. Odín es un robaescenas absoluto. La relación entre el perro y James funciona cuando la película se deja respirar y se ancla en esa química. Pero los flashbacks que explican su pasado conjunto son toscos, y la explicación final es tan gruesa que aplasta cualquier emoción que el desenlace intente construir. La sutileza no es el fuerte de esta propuesta.
Y luego está el mensaje. ‘En el corazón de la bestia’ quiere ser antibelicista, pero le sale un discurso ambiguo que huele a patriotismo y romanticismo de lo bélico. No se puede criticar la guerra mientras la envuelves en épica. Ahí hace aguas. Aunque deja una pregunta que sí merece la pena: ¿quién decide enviar a la guerra a un animal que no puede elegir? Eso, al menos, da para pensar un rato al salir de la sala.
Brad Pitt, además de protagonista, figura como productor. Curioso, porque la fuente lo señala como uno de los productores de ‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’, la película de Jane Schoenbrun que precisamente carga contra este tipo de cine industrial y repetitivo. La contradicción está ahí, encima de la mesa, y nadie parece incómodo con ella.
‘En el corazón de la bestia’ entretiene. No aburre. Pero es exactamente lo que parece: una película diseñada para no arriesgar, construida sobre piezas que ya conocemos y ensamblada con la eficiencia de quien sabe que el nombre de Pitt en el cartel hará el trabajo pesado. El perro merecía una película mejor.



