‘Tristan Forever’, dirigida por Tobias Nölle y Loran Bonnardot, se ha presentado en la sección Zabaltegi del Festival de San Sebastián 2026. Una película que persigue un sueño concreto: asentarse en uno de los lugares más aislados del planeta.

El punto de partida es real. Loran Bonnardot, codirector y protagonista, lleva años visitando Tristán de Acuña, una isla británica en medio del océano, a varios días en barco de Ciudad del Cabo. Poco más de 200 habitantes. Un lugar que funciona como refugio y como prueba. La película documenta su intento de quedarse a vivir allí.
El viaje no es sencillo. Ni por mar ni por tierra. Loran se enfrenta a una naturaleza que resiste y a una soledad que pesa más de lo previsto. La cinta apuesta por dos caminos simultáneos: retratar esa comunidad diminuta y mostrar lo difícil que es convertir una utopía en algo habitable.
Hay también un recurso histórico. Imágenes de archivo del éxodo forzado de los isleños en 1961, tras la erupción del volcán. Un injerto que, según las primeras lecturas críticas desde el festival, no termina de integrarse con fluidez en el conjunto. Tampoco convence del todo la historia de amor que atraviesa el relato, demasiado convencional para un filme que aspira a moverse en territorio documental.
Pero ‘Tristan Forever’ tiene algo que se queda. La deriva de Loran funciona como fábula. Un hombre con una vida vivida a trozos, sin rumbo claro, que se obliga a enfrentarse consigo mismo en un lugar donde no hay dónde esconderse. La película no fuerza la identificación con él. Lo observa. Y en sus mejores momentos, las imágenes alcanzan un aliento lírico que compensa los tropiezos narrativos.
El filme avanza a trompicones. No fluye con naturalidad. Pero ese defecto acaba reflejando al propio protagonista, alguien que tampoco sabe moverse en línea recta. Es una película sobre la radicalidad de querer desaparecer, sobre buscar un pedazo de tierra que justifique una vida entera. Que no siempre lo consiga forma parte de su honestidad.
Zabaltegi ha cerrado esta edición con títulos que orbitan alrededor de dos ideas: la defensa de lo radical y la tentación de la desaparición. ‘Tristan Forever’ cabe en las dos. No es una obra redonda, pero deja una imagen que cuesta sacudirse: un hombre solo en una isla que no lo quiere del todo, intentando que eso baste.



