‘La deriva’: Tsai Ming-liang pasea a su monje por San Sebastián y el tiempo se detiene

La decimotercera entrega de la serie del Caminante lleva a Lee Kang-sheng y su sotana roja a las calles de San Sebastián. ‘La deriva’ (2026) es Tsai Ming-liang en estado puro: cine radical, sin diálogos, sin concesiones, sin prisa alguna.

Hay que decirlo claro desde el principio. Esto no es para todos. Nunca lo ha sido. Tsai Ming-liang lleva años construyendo una obra que exige al espectador algo que casi nadie quiere dar: tiempo. Y ‘La deriva’ lo pide con más intensidad que nunca, incluso más que ‘The Hole’, más que ‘Goodbye, Dragon Inn’, más que ‘Days’.

La película arranca con una cita del Sutra del diamante sobre el Tathāgata, aquel que no viene de ninguna parte ni va a ninguna parte. Es la declaración de intenciones perfecta. El monje de Lee Kang-sheng recorre San Sebastián con la misma parsimonia de siempre, ajeno al mundo que bulle a su alrededor. El contraste entre su lentitud y el ritmo de la ciudad es el motor de todo.

Lo que distingue a esta entrega es la localización. San Sebastián no es un decorado bonito. Es un personaje. La cámara busca el choque entre naturaleza y civilización, y encuentra un aliado inesperado en las esculturas de hormigón y hierro de Eduardo Chillida y Jorge de Oteiza. Esas moles dialogan con el monje en un registro que no necesita palabras. Lo físico contra lo espiritual. Lo permanente contra lo que pasa de largo.

Hay un plano que abre y cierra la película: el mar embravecido observado por una figura humana que al final revela su mirada al espectador. Entre medias, el director taiwanés encadena escenarios con pura intuición. Un anciano da de comer a las gallinas. Un concierto de punk estalla en una sala cerrada. Personajes solitarios observan al monje extranjero con una melancolía que recuerda al primer cine de Chantal Akerman. Esa pesadumbre existencial filmada en planos largos, tendidos, que obligan a quedarse quieto.

Hay una imagen que lo resume todo. Unas escaleras mecánicas reflejadas en un cristal, repitiendo el mismo movimiento una y otra vez. Nadie sube. Nadie baja. El mundo sigue funcionando sin que nadie lo necesite. Frente a esa inercia mecánica, el monje camina. Despacio. Sin rumbo aparente. Y eso basta.

‘La deriva’ no ofrece conclusiones. No hay diálogos que expliquen nada. No hay arco dramático en el sentido convencional. Es cine en los márgenes, ajeno a cualquier convención, y Tsai Ming-liang lo sabe. Lleva trece piezas demostrándolo. Su Caminante no busca llegar a ningún sitio. Solo recorre el presente con la calma de quien ha entendido algo que los demás seguimos sin pillar.

El cine de Tsai Ming-liang funciona como un ejercicio de resistencia. Contra la velocidad, contra la narrativa convencional, contra la necesidad de que todo signifique algo concreto. ‘La deriva’ viene y va hacia ninguna parte, exactamente como promete su cita inaugural. Y en esa sencillez elemental, en ese gesto de ir más despacio mientras todo acelera, hay algo que se parece mucho a una verdad.

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