La versión restaurada y reconstruida de ‘La reina Kelly’ (1929), la película inacabada que acabó con la carrera de Erich von Stroheim en Hollywood, se estrena ahora en cines y filmotecas de España. El trabajo de restauración, a cargo de Dennis Doros y Amy Heller, se presentó hace justo un año en el Festival de Venecia.

Stroheim (Viena, 1885 – Yvelines, Francia, 1957) era un impostor magnífico. Se inventó un linaje de militar prusiano cuando en realidad era hijo de un fabricante de sombreros judío. Con su monóculo colgando y un aire de decadencia calculada, se abrió paso en el Hollywood de la primera década del siglo XX como uno de los directores más vanguardistas y más ingobernables del cine mudo. Sus películas rebosaban champán, caviar y una sensualidad que irritaba a los guardianes de la moral. Su perfeccionismo no conocía presupuesto.
Su gran enemigo fue el productor Irving Thalberg, que mutiló las casi diez horas de su obra maestra, ‘Avaricia’ (1924), y después quemó el negativo cortado. Un gesto que fue mucho más que una decisión industrial. Fue una declaración de guerra del sistema contra la individualidad artística.
‘La reina Kelly’ nació cuatro años después de aquella derrota. La idea tenía una lógica irresistible: juntar al director más controvertido con Gloria Swanson, la actriz más poderosa del momento, en una producción financiada por ella y su amante, Joseph P. Kennedy, padre del futuro presidente asesinado. Stroheim escribió el guion: la historia de Patricia Kitty Kelly (Swanson), una huérfana encerrada en un convento que se enamora de un príncipe libertino (Walter Byron), es secuestrada por él y acaba huyendo de una reina enloquecida (Seena Owen, «maravillosa semidesnuda y despeluchada acariciando a su gato blanco», según la fuente) hasta terminar coronada como madame de un burdel en África. Treinta rollos de negativo. Cinco horas de duración previstas.
Durante tres meses, Stroheim rodó con libertad absoluta. Después, todo se torció. Swanson y Kennedy se asustaron del derroche, del perfeccionismo obsesivo y, sobre todo, del erotismo de muchas secuencias. La censura del Código Hays ya acechaba los estudios. Y había un tercer problema que nadie podía ignorar: ‘La reina Kelly’ era una película muda y la revolución del sonoro ya estaba en marcha. Las cuentas no salían. Stroheim fue despedido con apenas la mitad del metraje filmado. Swanson contrató a otro director, Richard Boleslawski, que terminó el trabajo. En 1932 se estrenó en Argentina, Francia y Bélgica. Después, el olvido.
Todo el material de la versión que llega ahora a España pertenece al rodaje de Stroheim de 1929. Doros, que ya restauró la película en los años ochenta, explica la diferencia entre ambos procesos: «Vivíamos en un mundo analógico. Todo debía planificarse previamente, tanto mentalmente como mediante fichas». La era digital cambió las reglas. «Podía crear fundidos y encadenados en cuestión de segundos, experimentar con el montaje, localizar fragmentos de partes anteriores de la película que mejoraran el resultado de las bobinas finales». Pero no fue solo la tecnología. Los archivos también se abrieron. La Biblioteca Kennedy, la del Congreso y el Harry Ransom Center de Austin, que alberga los fondos de Swanson, aportaron material inédito que en los ochenta habría sido inaccesible. «La película luce mucho mejor que la versión de 1985», confirma Doros.
Para el restaurador, aunque el mito de Stroheim se sostiene sobre los «sórdidos» personajes de ‘Avaricia’, es «el extravagante romanticismo» de ‘La reina Kelly’ el que casi un siglo después sigue «impactando a los espectadores». Una película inacabada, maldita, legendaria. Y ahora, por fin, visible en las mejores condiciones posibles. Lo que Doros llama una «trágica pérdida» conserva intacta su capacidad de fascinación. El sistema de estudios enterró a Stroheim, pero no pudo enterrar esto.



