‘La reina Kelly’: la restauración que Von Stroheim merecía desde hace casi un siglo

La nueva versión de Milestone Film & Video convierte ‘La reina Kelly’ (1929) en lo más parecido a la película que Erich Von Stroheim concibió antes de que Hollywood le echara a patadas del set.

Hay películas que cargan con más leyenda que metraje. ‘La reina Kelly’ es una de ellas. El último proyecto de Von Stroheim como director —pensado para superar las cuatro horas— quedó mutilado por unos productores aterrados ante su ambición y demasiado ocupados en subirse al tren del cine sonoro. Lo que sobrevivió siempre tuvo aspecto de traje a medio coser. Ahora, por fin, alguien ha terminado de rematar las costuras.

La restauración de Milestone Film & Video limpia la fotografía, reordena el montaje, incorpora intertítulos que aclaran la narración y añade una banda sonora que encaja como un guante. El resultado no altera la esencia, pero la hace visible. Es como descubrir una pintura renacentista bajo capas de barniz ennegrecido.

Y luego están los fotogramas inéditos. Metros de celuloide rescatados de viejos archivos que completan tramos de la historia que hasta ahora solo existían en el guion. Esas imágenes recuperadas condensan la fiereza de un libreto que no dejaba títere con cabeza y dan sentido a la tragedia que Von Stroheim quería estampar en pantalla para escandalizar a la puritana sociedad de finales de los veinte.

Las escenas míticas siguen ahí, claro. Las enaguas de la Swanson. Los latigazos de esa reina enloquecida, destronada en los deseos de su amante por una novicia joven e ingenua. Pero lo que verdaderamente perturba es la sección del prostíbulo en el África colonial. Un proxeneta que rompe la cuarta pared para clavar sus ojos en el espectador con una mirada lasciva y aterradora. Pocos momentos del cine mudo han conseguido algo tan turbio, tan pesadillesco.

Esa querencia de Von Stroheim por romper la cuarta pared recorre toda la película. Los actores miran a cámara con un gesto entre pícaro y desconcertante que anticipa recursos que décadas después utilizarían directores de vanguardia. Lo que ellos buscaron con esfuerzo, él lo imprimía con naturalidad.

Técnicamente, la película sigue resultando asombrosa. La profundidad de campo —marca de la casa— se apoya en un montaje que combina panorámicas con primeros planos en los momentos de mayor carga psicológica. Una lección aprendida directamente de D.W. Griffith, su maestro. La narración es ágil, moderna, muy lejos de la rigidez de las primeras obras del silente. Y la luz construye atmósferas opresivas sin más herramientas que unos actores y un escenario perfectamente iluminados.

‘La reina Kelly’ comparte con ‘El Sur’ de Víctor Erice ese estatus de obra inacabada que no necesita más metraje para grabarse a fuego en la memoria. También comparte con ‘La máscara de hierro’ de Allan Dwan, estrenada ese mismo 1929, un carácter funerario: ambas certificaron la muerte de un lenguaje cinematográfico que el sonido iba a sepultar.

Lo que Von Stroheim tenía pensado para el tramo más oscuro y perverso del filme es algo que solo podemos imaginar. Conociendo su carácter indómito y libertino, probablemente habría roto la censura, la narrativa clásica y unas cuantas convenciones más. Pero el metraje que sobrevivió posee fuerza suficiente para hipnotizar. Cada visionado permite descubrir encuadres, detalles y capas que habían pasado desapercibidos.

Esta restauración no es un simple rescate. Es arqueología cinematográfica de la buena: el cierre definitivo de una historia que llevaba casi un siglo abierta. Y la prueba de que el talento de Von Stroheim, por mucho que Hollywood intentara domesticarlo, sigue siendo ingobernable.

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