Alberto Utrera dirige una comedia triste sobre una pareja atrapada en el laberinto inmobiliario, con Susana Abaitua y Maxi Iglesias como protagonistas de una pesadilla que resulta demasiado familiar.

La nuda propiedad es una figura legal que consiste en comprar un piso ocupado por otra persona, esperando a que fallezca para tomar posesión completa. Suena lúgubre. Lo es. Y sobre esa premisa, Alberto Utrera ha construido una película que retrata con precisión incómoda lo que significa buscar casa en la España de hoy.
Vera y Lucas, interpretados por Susana Abaitua y Maxi Iglesias, son una pareja trabajadora. Ella empleada de Correos, él profesor de Matemáticas. Compran un piso enfrente de su casa en nuda propiedad: espacioso, con balcones a la calle, techos altos, por menos de 300.000 euros. El actual ocupante tiene un cáncer grave. Según parece, morirá pronto. El primer dilema moral al que se enfrentan es si deben alegrarse de esa enfermedad. Sí, se alegran. Y ahí empieza todo.
Lo que hace interesante a ‘Nuda propiedad’ no es solo su tema, sino cómo contamina a sus personajes. Dos personas normales, con posturas corporales de derrota y diálogos que suenan a conversación real, acaban actuando de manera inmoral para conseguir ese piso. La desesperación los engulle. «Son personas que tratan de ir hacia delante en terreno muy pantanoso, sin nada a lo que agarrarse: toman medidas erróneas o precipitadas, porque nadie nos enseña cómo movernos en el mundo de la vivienda», explica Iglesias.
El guion de Carlos Soria nació de una broma que dice mucho. «Me dijo que quería hacer una película de una pareja que se compra un piso. Le dije: bien, me encanta la ciencia ficción», cuenta Utrera. Dos años después de arrancar la producción, el estreno ha coincidido con el desahucio de Maricarmen Abascal, la acampada en la Puerta del Sol y un terremoto social que no para de crecer. «Cuando empezamos pensábamos que el problema de la vivienda estaba llegando a topes, ya estaba muy tensionado: dos años después ha ido a peor», reconoce el director.
Alrededor de la pareja orbitan figuras que amplían el retrato. David Lorente interpreta a un agente inmobiliario con una picaresca que roza la cara dura. «No me costó encontrar modelo para inspirarme», bromea el actor, que asegura no haberse inventado nada tras su propia experiencia comprando un solar en El Escorial. El equipo cuenta que se inspiraron también en los agentes que pululan por las redes sociales y tuvieron que rebajar el tono para que resultara creíble. Pepe Viyuela encarna a un notario con ese poder casi metafísico del cargo, pero amigo del compadreo y la chanza. «Tiene una forma de tomarse a la ligera la vida mientras la gente que tiene alrededor sufre», describe el actor.
La película se inscribe en una tradición larga del cine español. Desde ‘El pisito’ de Marco Ferreri en 1958, pasando por ‘Cinco metros cuadrados’ de Max Lemcke en 2011, hasta ‘En los márgenes’ de Juan Diego Botto en 2022 y la reciente serie ‘Ravalear’ de Pol Rodríguez sobre la especulación turística en el Raval barcelonés. El ladrillo como generador de angustia lleva décadas en pantalla. Lo que cambia es la escala del problema.
Utrera lo tiene claro: «Es un sistema muy jodido y muy perverso donde todo el mundo está intentando sobrevivir». Y esa frase define mejor que cualquier sinopsis lo que busca la película. No es solo una historia sobre metros cuadrados. «La vivienda no es solo una casa, es el sitio donde te sientes seguro, donde construir el futuro, un plan de vida, o simplemente, donde tumbarte en el sofá, cerrar las persianas y decir «hoy no quiero estar en ninguna otra parte»», explica el director.
Hay un monólogo de Abaitua en los compases finales que, según lo descrito, condensa el desencanto de toda una generación: la sensación de que en algún momento llegará la estabilidad, la casa, la familia, la seguridad. Y que ese momento nunca llega. ‘Nuda propiedad’ no necesita exagerar nada. La realidad ya se encarga de eso.



