El cine español se atreve por fin con el problema que quita el sueño a toda una generación. ‘Nuda Propiedad’ convierte la pesadilla de comprar un piso en comedia negra con suspense, y lo hace con un reparto que funciona mejor de lo que nadie esperaba.

La premisa es tan sencilla como perversa. Vera y Susana Abaitua y Lucas (Maxi Iglesias), pareja al filo de los cuarenta, encuentran un piso enorme a mitad de precio gracias a la fórmula de la nuda propiedad: lo compran, pero el anciano dueño sigue viviendo allí hasta que muera. Lo que parecía un golpe de suerte se pudre rápido. El viejo desaparece, reaparece rejuvenecido y deja de comportarse como alguien enfermo. La frustración sube. El humor se oscurece. Y la pareja empieza a contemplar un plan que no debería contemplar nadie.
Resulta inevitable pensar en ‘Dúplex’ (2003), aquella comedia de Danny DeVito con Drew Barrymore y Ben Stiller donde una pareja necesitaba quitarse de encima a una ancianita adorable para quedarse con su casa. Alberto Utrera y el guionista Carlos Soria parten de un lugar parecido, pero lo anclan a una realidad que aquí duele de verdad. No es un dúplex neoyorquino de película. Es un piso que se paga con los ahorros de toda una vida en un país donde el 41,3 % de la población señala la vivienda como su principal problema, según el Barómetro del CIS de abril de 2026.
El propio Utrera lo ha dicho sin rodeos: «La película nace de la propia experiencia vital y generacional de llevar años en búsqueda permanente de piso». Ese punto de partida autobiográfico se nota. No estamos ante un ejercicio de género frío. Hay algo visceral debajo del humor.
Abaitua interpreta a una empleada de correos a la que le explota una crisis vital a los cuarenta. Repite cada día el mismo recorrido, las mismas cartas, los mismos buzones. Lo que desata su furia no es la rutina, sino que intenten engañarla haciéndole invertir todos sus ahorros en un piso donde no va a poder vivir. Iglesias, por su parte, rompe de verdad con su imagen de galán. Lucas es un profesor de matemáticas de colegio concertado, sueldo bajo, dignidad pisoteada por los propios alumnos que le revientan huevos en la cabeza en el recreo. Un tipo de 44 años convencido de que puede domar el azar aplicando estadística al póker. Es lo más alejado de su registro habitual y funciona.
El reparto secundario tiene mala leche. Pepe Viyuela como un notario de moral elástica. David Lorente como un vendedor capaz de colocar arena en el desierto. Y Paco Churruca dando vida al vecino bonachón que supuestamente está en las últimas, pero al que el dinero de los compradores le viene de perlas.
Utrera y Soria ya habían trabajado juntos en ‘Desmontando a Lucía’ (2024) y en ‘Uno equis dos’ (2025), un ejercicio de suspense angustioso que mereció mejor suerte en taquilla. Con ‘Nuda Propiedad’ demuestran que su terreno natural es ese cruce entre lo cotidiano y lo retorcido, en la tradición de nombres como Miguel Mihura, Tono, Fernando Fernán Gómez o Álex de la Iglesia.
Lo mejor que hace esta película es no disfrazar la rabia. Comprar una casa en España en 2026 es un acto de fe, de agotamiento y, para muchos, directamente una fantasía. ‘Nuda Propiedad’ coge esa frustración colectiva y la lleva hasta un sitio incómodo donde la risa y el escalofrío van de la mano. Que el cine español mire ahí, con esa mezcla de ácido y nervio, ya es más de lo que llevábamos años pidiendo.



