Igor Legarreta adapta la novela de Ramiro Pinilla para construir un drama rural tenso y sombrío que inauguró la sección Zinemira del Festival de San Sebastián 2026. Vizcaya, 1930. Una tormenta, un barco inglés cargado de carbón y un pueblo entero dispuesto a todo.

La premisa es brutal en su sencillez. Un temporal hace encallar un carguero en la costa y toneladas de carbón quedan al alcance de quienes lleguen antes que la policía. Lo que podría ser la salvación de un pueblo hambriento se convierte en el detonante de algo mucho peor. Ahí es donde Legarreta clava el bisturí.
Su tercer largometraje se mueve entre el drama y el western rural. La etiqueta le sienta bien. Hay algo del género en esas miradas contenidas, en la tensión que se acumula esquina a esquina, en la certeza de que la violencia no es una posibilidad sino una cuenta atrás. La diferencia es que aquí no hay forajidos ni sheriffs de manual. Hay vecinos. Hay familia.
La historia se ancla en los Jauregui. Urko Olazabal interpreta a un padre testarudo que carga con todo sobre los hombros, un hombre construido a base de obligación y resistencia. Itziar Ituño es la madre de una familia que se resquebraja mientras el carbón actúa como catalizador de todo lo que ya estaba roto. Y luego está Carlos Santos, en un registro que se aleja de lo que el público le tiene asociado: un policía que cumple órdenes pero no es ajeno a la miseria que lo rodea. Un personaje trabajado desde la sutileza, consciente de que perseguir a gente desesperada no lo convierte en el bueno de la historia.
El guion, firmado por Andoni de Carlos y el propio Legarreta a partir de la novela de Ramiro Pinilla —ganadora del Premio Nadal en 1961—, maneja bien los tiempos. El arranque, con el encallamiento del buque y esa noche de lluvia torrencial en la que todo un pueblo se juega la vida a oscuras por hacerse con el carbón, tiene una fuerza visual y narrativa que engancha desde el primer minuto. Lo que viene después es la consecuencia. Y las consecuencias en este tipo de historias nunca son limpias.
Rodada en euskera y castellano, la película utiliza el carbón como algo más que un recurso narrativo. Es metáfora de la codicia y también de la estupidez humana. Ese «oro negro» que debería significar calor y supervivencia termina sacando a la superficie las rencillas, el resentimiento y el odio acumulado entre vecinos. Legarreta no se lo inventa: sitúa la acción en 1930 y deja que el espectador haga la conexión con lo que vendría apenas unos años después, cuando la Guerra Civil dio rienda suelta a muchas de esas tensiones enquistadas.
La película compite en la sección Zinemira dentro del ciclo especial por los 50 años de España en libertad y es candidata al Premio Irizar al Cine Vasco. Lo que deja claro ‘Las ciegas hormigas’ es que Legarreta ha encontrado un tono propio: serio, atmosférico, con un pulso firme para mantener la opresión escena a escena. No busca gustar. Busca incomodar. Y lo consigue.



