‘NAZA’: el documental premiado en Venecia que ha sacudido Israel

El documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, filmado de noche en las azoteas de Tel Aviv, reúne los testimonios de 24 oficiales de inteligencia y soldados israelíes que describen los sistemas diseñados por su ejército para el exterminio de los palestinos de Gaza. Periodismo y cine fundidos en 80 minutos que han provocado un terremoto político en Israel y el Premio Especial del Jurado en la Mostra de Venecia.

‘NAZA’ hace algo que no se había conseguido hasta ahora. Convertir en película lo que la investigación periodística de The Guardian, +972 Magazine y Local Call ya había publicado, pero sin lograr un impacto comparable. El medio británico, que coproduce el documental, avala una investigación respaldada por más de un centenar de entrevistados. Los 24 que aparecen en pantalla lo hacen protegidos por el anonimato de sus fuentes. No se les ve. Se les escucha. Y lo que cuentan provoca, como mínimo, arcadas.

Lo que revelan estos testimonios es un engranaje de matanza masiva basado en una premisa: no hay inocentes en Gaza. Una masacre de 73.000 palestinos diseñada y ejecutada, según describen los propios soldados, como un videojuego. Mientras tanto, la cámara de Abraham y Szor observa Tel Aviv desde esos mismos tejados clandestinos. Una ciudad sonámbula. Gente tomando té, practicando yoga, iluminada por la propaganda de sus televisores. A 60 kilómetros, dos millones de desplazados sobreviven entre escombros y ratas. Esa negación colectiva es la otra violencia que retrata ‘NAZA’. La que no se nombra.

El contexto importa. El Comité para la Protección de los Periodistas cifra en más de 200 los reporteros palestinos asesinados por el ejército israelí en Gaza. Ningún corresponsal internacional ha podido informar desde el terreno salvo en contadas ocasiones controladas por el invasor. Abraham y Szor, que ya codirigieron junto a los palestinos Basel Adra y Hamdan Ballal el premiado ‘No Other Land’ sobre Cisjordania, saben exactamente a quién hablan: a la opinión pública israelí y a la de los estados que sostienen a Israel, sobre todo Estados Unidos y Alemania, donde la censura contra la causa palestina ha operado en museos, universidades y centros culturales.

La reacción ha sido feroz. El presidente israelí ha comparado ‘NAZA’ con un misil lanzado contra su país. Las calles han pedido castigo para los directores y sus familias. Ha aparecido un contradocumental oficial, ‘NAZA The True Story’, seguramente impulsado por la noticia de que el documental estará disponible online de forma gratuita en noviembre. Todo eso confirma algo: la película ha dado en el blanco.

Detrás de ‘NAZA’ está el productor británico James Wilson, que también financió ‘La voz de Hind’, ganadora del Gran Premio del Jurado en Venecia pese a una propuesta menos consistente. Jonathan Glazer figura como productor asociado, y su influencia se nota. Ambos se suman a una corriente de judaísmo antisionista que incluye a figuras como Naomi Klein, Nan Goldin o Benjamin Moser.

La película invoca explícitamente a ‘Shoah’ de Claude Lanzmann, la obra maestra que cambió el cine documental, cuyo cartel aparece en la fachada de la Cinemateca de Tel Aviv el día del 80 aniversario del Holocausto. También resuena ‘Spotlight’: apuntar al sistema, no al individuo. Y cuantos menos adjetivos, mejor. ‘NAZA’ persigue ambos objetivos con una disciplina casi ascética. Expone lo sustantivo. Sin adornos.

Se le puede cuestionar el epílogo, el único momento en que las víctimas, mantenidas fuera de campo durante todo el metraje, irrumpen con un aullido insoportable. Pero hay algo demoledor en escuchar ese grito después de 80 minutos de testimonios fríos y metódicos. No es lo mismo ver las imágenes en el móvil que llegar a ellas tras comprender la maquinaria que las ha producido.

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