Las hermanas Clàudia y Paula Serra han estrenado en el Festival de Sitges su ópera prima, ’11’, un thriller que encierra a un grupo de niños en un refugio de los Pirineos y deja que el miedo haga el resto. Proyectada en la Secció Oficial Fantàstic a Competició, la película ha celebrado su estreno mundial en una edición que no podía encajarla mejor.

La premisa es limpia. Diez personas —ocho niños de un grupo scout y dos monitores jóvenes— llegan a un refugio de montaña para pasar el fin de semana. Una tormenta de nieve los deja atrapados, sin electricidad, sin agua corriente, sin contacto con el exterior. Hasta aquí, supervivencia. Lo que lo cambia todo es un detalle: al numerarse para organizarse, descubren que son once. Nadie recuerda haber visto llegar al último.
A partir de ahí, ’11’ hace exactamente lo que debe hacer una buena película de género con recursos limitados: exprimir cada rincón de su escenario único. El refugio se convierte en una trampa. Las directoras administran el suspense con una paciencia que ya quisieran cineastas con el triple de presupuesto. La amenaza no necesita mostrarse todo el rato. Basta con la duda, con una mirada que no encaja, con la certeza de que el peligro puede estar sentado justo al lado.
Las propias directoras lo resumen bien: «La película no habla de monstruos sobrenaturales, sino de una violencia profundamente humana; y de que —dadas las circunstancias— todos podemos convertirnos en monstruos». Esa es la columna vertebral de ’11’. No hay criatura. No hay fuerza sobrenatural evidente. Hay un grupo de críos de doce y trece años que ven cómo las reglas de convivencia se desintegran cuando el miedo entra por la puerta.
El reparto joven es uno de los grandes hallazgos. Mia Sala-Patau, Pablo Scappiglati, Matías Zocca y Jael Borràs cargan con el peso de una historia emocionalmente exigente y responden con una naturalidad que desarma. Trabajar con actores tan jóvenes en un registro de tensión sostenida es arriesgado. Aquí funciona.
Rodada íntegramente en catalán y en los paisajes del Pirineo andorrano, la película tiene un anclaje visual que refuerza la claustrofobia narrativa. Fuera, la inmensidad blanca. Dentro, las paredes se estrechan con cada escena. Ese contraste es una de las decisiones más inteligentes de la puesta en escena.
Que ’11’ se presente en esta edición concreta de Sitges no es casual. El festival celebra los 50 años de ‘Carrie’ y de ‘¿Quién puede matar a un niño?’, la obra maestra de Narciso Ibáñez Serrador. Dos películas que pusieron la infancia en el centro del horror. ’11’ dialoga con ese imaginario sin imitarlo. La pregunta que Chicho lanzó en 1976 sigue aquí, intacta, pero reformulada desde otro ángulo.
Detrás de la película está Mr. Miyagi Films, productora que conoce Sitges de sobra: ganó el premio a Mejor Película en 2019 con ‘El Hoyo’ y el de Mejor Fotografía en 2025 con ‘La Virgen de la Tosquera’. La coproducción con la andorrana Contraban Produccions y la argentina Aramos Cine —que se llevó la Mejor Película en 2023 con ‘Cuando la maldad acecha’— completa un trío de productoras que saben moverse en el territorio del fantástico.
’11’ es una de esas películas que llegan sin hacer ruido y terminan justificando el madrugón. Una ópera prima que entiende algo fundamental: el horror más perturbador no viene de fuera. Viene de descubrir de qué somos capaces cuando las reglas desaparecen y solo queda el instinto. Dentro del refugio, el frío no es la única amenaza. Ni la peor.



