Adam Wingard tenía todos los ingredientes para montar una fiesta salvaje con ‘Aniquilación’. Nazis, supersoldados, arsenales imposibles y Adria Arjona disparando en un páramo desierto. El resultado es una decepción en toda regla.

La película arranca con fuerza. Arjona luciendo puntería y armamento de guerra, Dan Stevens y Rebecca Hall como nazis metidos en experimentos secretos para crear supersoldados. Todo apunta a una reedición de lo que Wingard hizo en ‘The Guest’: acción cafre, descerebrada, con personalidad. Pero no. Nada de eso llega.
El problema de ‘Aniquilación’ se resume en una palabra: desaprovechamiento. Wingard parece empeñado en sabotear cada baza que tiene. Arjona pasa de guerrera implacable a madre coraje lastrada por flashbacks y traumas que no aportan nada. Las armas del arranque quedan en mero atrezo. La subtrama nazi se liquida en cuatro frases sin sentido antes de ser descartada.
Los supersoldados merecen párrafo aparte. Presentados como máquinas casi indestructibles, con pinta de villanos de slasher, acaban siendo eliminados con una facilidad que roza lo ofensivo. Un grupo de supervivientes sin formación militar se los quita de encima como quien espanta moscas. Difícil tomarse en serio la amenaza después de eso.
El ritmo lo destroza todo un poco más. Wingard dedica demasiado tiempo a presentar personajes en los dos primeros tercios y luego necesita acelerar el tercero hasta el punto de que todo se atropella. No hay tensión creciente. No hay construcción de violencia progresiva. Solo prisas por compensar la lentitud anterior.
Hay una película que se intuye debajo de todo esto. Algo entre el Carpenter más áspero y el gore salvaje de Joe Begos. Pero Wingard se queda a medio camino en ambas direcciones. Los momentos de locura visceral aparecen de forma puntual, casi como concesiones sueltas al espectador, no como decisiones estéticas pensadas.
‘Aniquilación’ se siente rodada con el piloto automático. Cada elemento del film —la protagonista, los villanos, la agencia encubridora, el tono visual— deja entrever lo que podría haber sido con un poco más de ganas. Eso es lo peor: no faltaba talento ni material. Faltaba alma.



