Norma Vila ha presentado en el Festival de Sitges su ópera prima, ‘Salitre’, una producción vasca que transforma el síndrome del nido vacío en una pesadilla de terror psicológico con criatura marina incluida. Estreno mundial en la Sección Oficial Fantàstic a Competició.

La premisa es tan sencilla como afilada. Maite, interpretada por Nagore Aranburu, vive con su hija adolescente Nerea junto a la costa vasca, donde regenta un negocio de marisco. Todo funciona dentro de una rutina controlada hasta que la joven anuncia que se marcha a Barcelona a estudiar arte. Lo que para cualquier madre sería motivo de orgullo, para Maite es el fin del mundo.
Y ahí es donde Vila clava el bisturí. ‘Salitre’ no retrata simplemente a una madre triste. Retrata a una mujer que ha construido toda su identidad alrededor de ser madre, y que al perder esa función se queda sin nada. Las llamadas compulsivas, la vigilancia constante, la incapacidad de respetar un solo espacio de intimidad. El amor convertido en cárcel.
Haizea Carneros da vida a Nerea con una naturalidad que hace que la tensión entre madre e hija funcione sin necesidad de subrayados. Ella quiere irse, descubrir, ser alguien por su cuenta. Su madre lo lee como abandono. Esa contradicción sostiene toda la película y es lo mejor que tiene.
Pero Vila no se queda en el drama doméstico. Una presencia extraña empieza a rondar la casa. Una criatura marina que parece alimentarse de las inseguridades de Maite, una materialización visceral de todo lo que se pudre dentro de ella. El entorno costero, la humedad, el aislamiento, el mar siempre ahí. La directora bilbaína exprime cada elemento del paisaje para construir una atmósfera que va apretando sin que te des cuenta.
Nagore Aranburu es la razón principal para ver ‘Salitre’. Su Maite transita de la vulnerabilidad a una oscuridad creciente con una precisión que permite entender su sufrimiento sin justificar lo que hace con él. Es un personaje difícil, de esos que generan empatía y rechazo al mismo tiempo. Aranburu lo clava.
El tramo final pega un volantazo hacia el terror físico. Explosión de cuerpo, imágenes que conectan con lo más reconocible del fantástico y hasta pinceladas de humor grotesco que encajan con el espíritu de Sitges. El contraste con la contención del resto del metraje es deliberado, y funcionará mejor o peor según el estómago de cada uno. Pero tiene sentido: lleva la metáfora hasta sus últimas consecuencias.
Norma Vila firma un debut con personalidad. ‘Salitre’ utiliza los códigos del género para hablar de algo que no suele aparecer en el cine de terror: qué pasa cuando querer a alguien se convierte en la forma más eficaz de destruirlo. El monstruo no viene del mar. Estaba en casa desde el principio.



