C. Tangana dirige su primera película y lo hace mirando hacia dentro. ‘La guitarra flamenca de Yerai Cortés’ no es un documental musical al uso, sino un retrato familiar donde el flamenco late como lengua materna del dolor.

Yerai Cortés toca la guitarra como quien respira. Su técnica es precisa, su sensibilidad particular. Pero a Antón Álvarez no le interesa el virtuoso. Le interesa el hombre que carga con una hermana muerta, unos padres anclados en la tradición gitana y un puñado de preguntas que nadie en su familia parece dispuesto a responder.
La muerte de la hermana de Yerai vertebra todo el relato. No como golpe dramático, sino como agujero negro alrededor del cual orbita cada conversación, cada gesto, cada silencio en esa casa. El film tira del hilo y encuentra algo más turbio que el duelo: interrogantes sin resolver sobre la identidad de la joven fallecida, contradicciones familiares que se tapan con costumbre y una manera de habitar el dolor que dice tanto de los Cortés como de toda una cultura.
Lo que hace bien C. Tangana es no meter la cámara donde no le llaman. Su puesta en escena es austera, casi contenida. Filma el espacio doméstico sin convertirlo en escenario. Observa sin invadir. Y eso, en una ópera prima sobre tu propio amigo y colaborador, tiene mérito. La tentación de romantizar la tragedia o de exotizar el universo gitano estaba ahí, a un plano de distancia. No cae.
La música no decora. Funciona como el idioma en el que estos personajes dicen lo que con palabras no pueden. Cuando Yerai toca, no está haciendo una demostración de talento. Está procesando. Está traduciendo. La guitarra flamenca del título no es un instrumento: es un conducto emocional entre lo que se calla y lo que necesita salir.
El padre y la madre pesan en cada fotograma. Son figuras grandes, con raíces profundas en la tradición, y su presencia introduce una tensión que el film maneja con inteligencia. No hay juicio. Hay observación. Y en esa distancia respetuosa es donde la película encuentra su verdad.
¿Es perfecta? No. Hay tramos donde la proximidad afectiva entre director y protagonista difumina la línea entre retrato y homenaje. Pero incluso en esos momentos se percibe algo genuino: un cineasta en formación que entiende que filmar a alguien no es solo ponerle una cámara delante, sino decidir qué dejas fuera del encuadre.
C. Tangana ha hecho una película pequeña que apunta a algo grande. No es el rapero jugando a ser director. Es alguien que ha encontrado otra forma de contar y que, por ahora, sabe escuchar mejor de lo que muchos debutantes saben gritar.



